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Solos, en soledad

14 de Enero del 2020 - David Prado Fernández-Villarmarzo (Gijón)

Cuando llegan las fiestas navideñas los políticos locales, regionales y nacionales se “preocupan ostensiblemente” por las personas que viven solas. Cuando pasan esas fiestas parece que ese problema ya no existe y se llega a pensar como que ya está solucionado. Hasta que algunos llegan al poder ese problema, y otros muchos, no existían, por eso nos lo airean debidamente para que sepamos que se preocupan por los ciudadanos de a pie. Las soluciones, más bien parches, que vociferan no finiquitarán a bien el problema, con toda seguridad, pero es de agradecer su interés y buena voluntad por encima de otras consideraciones.

Se dice que la población de personas que viven solas aumenta día a día. Puede que se deba a que se vive más tiempo, a que la familia se abstenga y le proponga “o te vas a la residencia o solo”, al empecinamiento de cada uno de seguir viviendo a su manera, a la falta de medios para ir a una residencia, a quedarse solo en el pueblo o en la ciudad pero lejos de la familia y a otros muchos factores de orden sociológico y psicológico.

No son las personas mayores las únicas que viven solas, hay jóvenes emancipados que viven solos, menos jóvenes que se han quedado solos por diversas circunstancias. Personas, en definitiva, que viven solas, ya sea por devoción o por obligación.

Todos conocemos a personas que viven solas y a buen seguro que sus estados de ánimo difieren bastante. Los hay que están contentos, los hay que están tristes, los hay que simplemente asumen su situación y nada más. Los hay que son conformistas con lo que tienen y los hay que son inconformistas porque lo han sido toda su vida.

Muchas de estas personas que viven solas, si son válidas independientes, tienen su vida cotidiana bastante bien organizada. En compañía de buenos amigos realizan todo tipo de actividades, lúdicas, deportivas, excusiones y viajes a doquier. El entretenimiento ocupa la mayor parte de su tiempo. Evidentemente también dedican un tiempo a su familia, que a veces no se corresponde con el que su familia les dedica.

Hay también otras personas que viven en compañía, pero se encuentran en la más profunda soledad. A veces son tratadas como si fuesen un mueble más de la casa. A veces las “echan” de la casa por la mañana: “¡Hala, a la calle, y no vuelvas hasta la hora de comer!”. A veces no les dirigen la palabra en todo el día, no les consultan ni les tienen en cuenta para nada. A veces no les dejan enfermar: “¡Como te hagas el malo vas para una residencia!”. A veces tienen la impresión de vivir en un cuartel, por la rígida disciplina que les imponen, más que en un hogar. De amor, de ternura, de cariño ni hablamos.

Es factible conocer a las personas que viven solas por un dato de censo, puramente estadístico, pero es bastante más complicado conocer a las personas que viven en la soledad. Unas y otras merecen nuestra atención, la de su familia, la de su entorno de vecinos y amigos, la de su centro de salud, la de su Ayuntamiento, la de su Comunidad y la del Gobierno de la nación.

Las personas mayores necesitan bastante más que una pensión. Cuántas hay que darían toda su pensión por un beso. ¡Ya nos tocará!

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