Aclaración al señor Yago Pico de Coaña
Me veo ante la imperante necesidad de responder a un artículo publicado el día
14 de enero pasado en este mismo diario asturiano por el señor Yago Pico de
Coaña, en el cual alude directamente a mi persona acusándome de “haber
mentido en unos casos y faltado gravemente a la verdad en otros” en una
entrevista que diera recientemente, el 4 de este mismo mes y año, al diario LA
NUEVA ESPAÑA con motivo de la reciente publicación de mi libro titulado: “Historia
verdadera de la quema de la Embajada española”.
Los señalamientos del señor Pico de Coaña no pasan de ser simples insultos, ya
que no expresa ni señala cuáles son los casos en que supuestamente mentí, ni
cuáles son en los que falté a la verdad. Los insultos solo pueden responderse con
insultos, pero ya que eso no es mi costumbre ni educación, procedo a rebatir los
otros señalamientos que también me dirige.
Señor Pico de Coaña, menciona usted que son ya 34 años desde ese trágico
suceso, cuando son 40, asumo que ese yerro no se deba a malas matemáticas,
sino porque se ha limitado a repetir su discurso en un “copy-paste” de sus últimas
declaraciones sobre el caso, vertidas en el juicio llevado a cabo en Guatemala en
el año 2014 para investigar y juzgar sobre lo sucedido en la Embajada española,
en el cual se presentó usted como testigo propuesto por la demandante señora
Rigoberta Menchú. De paso, sería interesante que nos contara si también fue
ella la que financió sus gastos de viaje y estancia en Guatemala.
En el contenido restante, se esmera en acusar la responsabilidad del entonces
Gobierno guatemalteco por haber ordenado el asalto a dicha Embajada en
violación a lo establecido en la Convención de Viena. Pero esta responsabilidad
también la denuncio yo abiertamente, así que no puede ser este el caso en que
yo mienta, ya que coincidimos en el señalamiento.
Excusa usted, eso sí, a los “campesinos y estudiantes” que la invadieron,
otorgándoles justificaciones de haberlo hecho en el ejercicio de un justo derecho
de protesta; igualmente los debe haber acogido Máximo Cajal prestándoles su
Embajada. ¿Olvida usted acaso que en Guatemala enfrentábamos un conflicto
armado ante una subversión terrorista, situación que duraba ya 20 años en 1980?
Y que esos “inocentes campesinos y estudiantes” que menciona eran miembros
activos del grupo rebelde revolucionario que organizó la ocupación de la
Embajada, armados de revólveres y cócteles molotov de kerosene con gasolina,
altamente incendiarios. ¿Por qué no hay acusaciones en contra de dicho grupo
si fueron ellos los que ocuparon la Embajada y cometieron secuestro de
funcionarios diplomáticos españoles y de sus visitantes, tomándolos como
rehenes?
Tiene ahora la osadía de intentar desacreditar a mi padre, el doctor Adolfo Molina
Orantes, arrogándose la falsa calidad de ser persona de su confianza y que
conocía sus opiniones detractoras y descalificantes del régimen del presidente
Lucas García mejor aún que su misma familia. Recuerde que en la época que
usted sirvió en la Embajada de España en Guatemala lo hizo en un cargo de bajo
rango, mientras que mi padre era en esa fecha el ministro de Relaciones
Exteriores; si usted reconoce su profesionalismo, sabrá que no hay tales relaciones
ni confianzas entre funcionarios de tan distinto rango.
Igualmente le aclaro que no fue mi padre quien decidió organizar las VII Jornadas
de Derecho Procesal, sino que fue el Colegio de Abogados de Guatemala, con la
colaboración de la OEA. Mi padre fue convenientemente invitado a colaborar con
su organización, asignándole la tarea de hablar con el embajador de España para
agilizar el financiamiento ofrecido por el Gobierno español para tales jornadas.
Mientras que usted alaba y pondera al exembajador Máximo Cajal, yo le acuso
de ser responsable de haber estado de acuerdo con la facción insurgente, Ejército
Guerrillero de los Pobres, en la cual militaban como colaboradores esos mismos
sacerdotes españoles que usted menciona, pero olvida, por supuesto, recordar al
exsacerdote jesuita español Fernando Hoyos, quien renunció a la Compañía de
Jesús para tomar las armas uniéndose a dicha facción sediciosa.
No menciona tampoco que ese juicio donde usted participó como testigo de
doña Rigoberta Menchú, cuya sentencia final condenara al jefe del Comando
Seis (cuerpo de detectives), fue objeto de felicitación oficial del Gobierno español
hacia la Justicia guatemalteca, y que usted también declaró estar altamente
complacido con dicha sentencia diciendo que por fin se había limpiado el nombre
de Máximo Cajal. ¿Acaso no la leyó? Porque en los enunciados de dicha
sentencia se resolvió que quedaba demostrado, con las pruebas recibidas, QUE
EL EMBAJADOR ESPAÑOL MÁXIMO CAJAL TUVO PREVIO CONOCIMIENTO DE
LA OCUPACIÓN.
Podrá verificar, señor Pico de Coaña, que en mi entrevista no le menciono en
ningún momento, y es porque hablo sobre los hechos del 31 de enero de 1980, en
que usted no se encontraba en Guatemala, pero en la narración de los siguientes
40 años que relato en mi libro sí que lo hago, y en varias ocasiones; le recomiendo
que lo lea y se entere, lo que digo y sostengo lo documento.
Mi última aclaración es que no considero desafortunado en lo más mínimo para
mí que los eventos sucedidos en la Embajada hayan sido filmados, no por varias
televisiones, como usted afirma, sino por un solo telenoticiero llamado Aquí el
Mundo, ya que en esa filmación me podrá encontrar al pie de la ventana del cuarto
incendiado donde murió mi padre y también, en otro momento, subido por el
exterior de la ventana, con una manguera en la mano tratando de poner agua
dentro del cuarto en llamas. No recuerdo haber visto que usted apareciera en esa
filmación para que haya dicho que fue testigo presencial.
Escribiendo mi libro me ha sorprendido que ya la mayoría de las personas que
intervinieron en dicho evento, con muy pocas excepciones, han fallecido.
Algunos de ellos llevando su secreto a la tumba, como fue el caso de Máximo
Cajal; por favor, no sea usted uno más en esa lista.
No deseo tener una nueva comunicación con usted sobre este tema, esta es ya la
tercera vez en que lo hacemos y ninguna ha sido grata. ¿Recuerda la primera? En
la salida de la misa por el descanso de mi padre, que cumplía nueve días de fallecido,
cuando me abordó y recomendó o advirtió que cesara ya de revolver las cosas,
porque había corrido ya suficiente sangre. ¿La segunda? Cuando en su venida a
declarar en el juicio del 2014 me citó a la residencia de la Embajada española, a la
que acudí, y, ante la presencia del entonces embajador, Manuel María Lejarreta
Lobo, intentó usted persuadirme de cambiar mi opinión sobre la responsabilidad
de Máximo Cajal sobre lo sucedido en la Embajada. No seguiré rebatiéndole sus
presunciones, basadas en falsedades; para ello, me basta lo que he escrito ya en
mi libro, en donde el lector podrá juzgar por sí mismo en base a los hechos quién
es el que miente.
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