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Aclaración al señor Yago Pico de Coaña

17 de Enero del 2020 - Adolfo Molina Sierra (Guatemala)

Me veo ante la imperante necesidad de responder a un artículo publicado el día

14 de enero pasado en este mismo diario asturiano por el señor Yago Pico de

Coaña, en el cual alude directamente a mi persona acusándome de “haber

mentido en unos casos y faltado gravemente a la verdad en otros” en una

entrevista que diera recientemente, el 4 de este mismo mes y año, al diario LA

NUEVA ESPAÑA con motivo de la reciente publicación de mi libro titulado: “Historia

verdadera de la quema de la Embajada española”.

Los señalamientos del señor Pico de Coaña no pasan de ser simples insultos, ya

que no expresa ni señala cuáles son los casos en que supuestamente mentí, ni

cuáles son en los que falté a la verdad. Los insultos solo pueden responderse con

insultos, pero ya que eso no es mi costumbre ni educación, procedo a rebatir los

otros señalamientos que también me dirige.

Señor Pico de Coaña, menciona usted que son ya 34 años desde ese trágico

suceso, cuando son 40, asumo que ese yerro no se deba a malas matemáticas,

sino porque se ha limitado a repetir su discurso en un “copy-paste” de sus últimas

declaraciones sobre el caso, vertidas en el juicio llevado a cabo en Guatemala en

el año 2014 para investigar y juzgar sobre lo sucedido en la Embajada española,

en el cual se presentó usted como testigo propuesto por la demandante señora

Rigoberta Menchú. De paso, sería interesante que nos contara si también fue

ella la que financió sus gastos de viaje y estancia en Guatemala.

En el contenido restante, se esmera en acusar la responsabilidad del entonces

Gobierno guatemalteco por haber ordenado el asalto a dicha Embajada en

violación a lo establecido en la Convención de Viena. Pero esta responsabilidad

también la denuncio yo abiertamente, así que no puede ser este el caso en que

yo mienta, ya que coincidimos en el señalamiento.

Excusa usted, eso sí, a los “campesinos y estudiantes” que la invadieron,

otorgándoles justificaciones de haberlo hecho en el ejercicio de un justo derecho

de protesta; igualmente los debe haber acogido Máximo Cajal prestándoles su

Embajada. ¿Olvida usted acaso que en Guatemala enfrentábamos un conflicto

armado ante una subversión terrorista, situación que duraba ya 20 años en 1980?

Y que esos “inocentes campesinos y estudiantes” que menciona eran miembros

activos del grupo rebelde revolucionario que organizó la ocupación de la

Embajada, armados de revólveres y cócteles molotov de kerosene con gasolina,

altamente incendiarios. ¿Por qué no hay acusaciones en contra de dicho grupo

si fueron ellos los que ocuparon la Embajada y cometieron secuestro de

funcionarios diplomáticos españoles y de sus visitantes, tomándolos como

rehenes?

Tiene ahora la osadía de intentar desacreditar a mi padre, el doctor Adolfo Molina

Orantes, arrogándose la falsa calidad de ser persona de su confianza y que

conocía sus opiniones detractoras y descalificantes del régimen del presidente

Lucas García mejor aún que su misma familia. Recuerde que en la época que

usted sirvió en la Embajada de España en Guatemala lo hizo en un cargo de bajo

rango, mientras que mi padre era en esa fecha el ministro de Relaciones

Exteriores; si usted reconoce su profesionalismo, sabrá que no hay tales relaciones

ni confianzas entre funcionarios de tan distinto rango.

Igualmente le aclaro que no fue mi padre quien decidió organizar las VII Jornadas

de Derecho Procesal, sino que fue el Colegio de Abogados de Guatemala, con la

colaboración de la OEA. Mi padre fue convenientemente invitado a colaborar con

su organización, asignándole la tarea de hablar con el embajador de España para

agilizar el financiamiento ofrecido por el Gobierno español para tales jornadas.

Mientras que usted alaba y pondera al exembajador Máximo Cajal, yo le acuso

de ser responsable de haber estado de acuerdo con la facción insurgente, Ejército

Guerrillero de los Pobres, en la cual militaban como colaboradores esos mismos

sacerdotes españoles que usted menciona, pero olvida, por supuesto, recordar al

exsacerdote jesuita español Fernando Hoyos, quien renunció a la Compañía de

Jesús para tomar las armas uniéndose a dicha facción sediciosa.

No menciona tampoco que ese juicio donde usted participó como testigo de

doña Rigoberta Menchú, cuya sentencia final condenara al jefe del Comando

Seis (cuerpo de detectives), fue objeto de felicitación oficial del Gobierno español

hacia la Justicia guatemalteca, y que usted también declaró estar altamente

complacido con dicha sentencia diciendo que por fin se había limpiado el nombre

de Máximo Cajal. ¿Acaso no la leyó? Porque en los enunciados de dicha

sentencia se resolvió que quedaba demostrado, con las pruebas recibidas, QUE

EL EMBAJADOR ESPAÑOL MÁXIMO CAJAL TUVO PREVIO CONOCIMIENTO DE

LA OCUPACIÓN.

Podrá verificar, señor Pico de Coaña, que en mi entrevista no le menciono en

ningún momento, y es porque hablo sobre los hechos del 31 de enero de 1980, en

que usted no se encontraba en Guatemala, pero en la narración de los siguientes

40 años que relato en mi libro sí que lo hago, y en varias ocasiones; le recomiendo

que lo lea y se entere, lo que digo y sostengo lo documento.

Mi última aclaración es que no considero desafortunado en lo más mínimo para

mí que los eventos sucedidos en la Embajada hayan sido filmados, no por varias

televisiones, como usted afirma, sino por un solo telenoticiero llamado Aquí el

Mundo, ya que en esa filmación me podrá encontrar al pie de la ventana del cuarto

incendiado donde murió mi padre y también, en otro momento, subido por el

exterior de la ventana, con una manguera en la mano tratando de poner agua

dentro del cuarto en llamas. No recuerdo haber visto que usted apareciera en esa

filmación para que haya dicho que fue testigo presencial.

Escribiendo mi libro me ha sorprendido que ya la mayoría de las personas que

intervinieron en dicho evento, con muy pocas excepciones, han fallecido.

Algunos de ellos llevando su secreto a la tumba, como fue el caso de Máximo

Cajal; por favor, no sea usted uno más en esa lista.

No deseo tener una nueva comunicación con usted sobre este tema, esta es ya la

tercera vez en que lo hacemos y ninguna ha sido grata. ¿Recuerda la primera? En

la salida de la misa por el descanso de mi padre, que cumplía nueve días de fallecido,

cuando me abordó y recomendó o advirtió que cesara ya de revolver las cosas,

porque había corrido ya suficiente sangre. ¿La segunda? Cuando en su venida a

declarar en el juicio del 2014 me citó a la residencia de la Embajada española, a la

que acudí, y, ante la presencia del entonces embajador, Manuel María Lejarreta

Lobo, intentó usted persuadirme de cambiar mi opinión sobre la responsabilidad

de Máximo Cajal sobre lo sucedido en la Embajada. No seguiré rebatiéndole sus

presunciones, basadas en falsedades; para ello, me basta lo que he escrito ya en

mi libro, en donde el lector podrá juzgar por sí mismo en base a los hechos quién

es el que miente.

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