¿De quién son los niños?
Confieso que no soy un gran lector, siempre he preferido escribir que leer copiosos libros. Reconozco que alguien al que le gusta escribir debería también prodigarse más en la lectura, pues de un buen libro se puede aprender mucho y hacerse muchas reflexiones. Hace más de veinte años, una prima que tengo muy aficionada a la lectura me regaló un pequeño libro que a ella le encantaba: su título, “El Profeta”; su autor, el notable poeta libanés Gibrán Jalil Gibrán. De vez en cuando me gusta echarle un vistazo a este pequeño pero hermoso libro, en el que el autor intentó reconstruir no solo determinados momentos de la historia de la humanidad -al hombre colectivo, multitudinario, al pueblo en términos actuales- en primerísimo plano del tablado histórico, sino mostrar a la vez la historia de la humanidad como un proceso en perpetuo desenvolvimiento.
Estos días en los que Vox ha incendiado el panorama político y educativo en nuestro país con su famosa propuesta del “pin parental”, a través del cual pretenden que los padres decidan sobre sus hijos lo que estos deben o no deben aprender para formarse, tanto en el plano intelectual como en el de valores humanos, nosotros hemos recurrido a nuestro pequeño libro para ver lo que el gran poeta Gibrán Jalil escribía hace más de sesenta años sobre el particular:
DE LOS NIÑOS
Y una mujer llevando una criatura junto al pecho dijo: “Háblanos de los niños”.
Y él dijo: “Vuestros hijos no son hijos vuestros. Son los hijos y las hijas de cuanto la vida desea para sí misma. Son concebidos por medio de vosotros, mas no de vosotros. Y, aun estando con vosotros, no os pertenecen”. “Podéis otorgarles vuestro amor, mas no vuestros pensamientos. Porque ellos poseen los propios. Podéis dar cobijo a su cuerpo, mas no a su alma. Porque sus almas habitan en la morada del futuro, la cual no podéis conocer, ni siquiera en vuestros sueños. Podéis esforzaros por ser como ellos, mas no intentéis que ellos sean como vosotros. Porque la vida no anda hacia atrás ni se para en el ayer. Sois los arcos de los cuales vuestros hijos han sido disparados como dardos vivos. El arquero ve el blanco en el camino del infinito, y él os doblegará con su poder para que sus dardos puedan ir lejos y raudos. Permitid que por placer sea la mano del arquero la encargada de doblegarnos. Pues, aun cuando él ama el dardo que vuela, también siente amor por el arco en tensión”.
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