La bandera, en el corazón
La idea expresada en este texto viene de antiguo: banderas, estandartes, gallardetes, leyendas, cruces gamadas del hitlerismo, invadiendo las plazas de Alemania; lo mismo pero con los símbolos soviéticos, leyendas blanco sobre rojo, asentadas en la Alexander Platz de Berlín durante la ocupación rusa. En ambos casos eran símbolos detestables de sometimiento y de ocupación.
Después, en EE UU las barras y estrellas presiden Wall Street y otros lugares emblemáticos del país, ocupan los espacios públicos con desmesura; no una sino diez banderas de fondo. ¿Era y es esto símbolo de patriotismo o de aquí mando yo? Y también en numerosos locales públicos y privados, dentro y fuera de muchos hogares. ¿Es una forma de expresar patriotismo, o mas bien de conformidad, o de su uso como escudo protector de sus ocupantes?
Por contigüidad geográfica, en tiempos del PRI y después, en El Zócalo de Ciudad de México, frente al palacio presidencial y a la catedral, lucía y luce, durante doce horas cada día, de 6 a 18, con estrepitosas ceremonias de izado y de arriado, una gigantesca bandera del país; y otra no tan grande cerca del Centro Asturiano de la ciudad.
En España ni en los años de la dictadura los hogares acostumbraban a colgar la bandera en los balcones, salvo en momentos excepcionales, como en la inmediata posguerra o en un referendo.
Por otra parte, desde hace unos años se eleva una bandera española en la plaza de Colón de Madrid. Y desde el día de la Constitución ondea en la Escandalera de Oviedo una gran bandera (en un mástil de 25 metros y con una superficie de 54 metros cuadrados) muy hermosa como símbolo de España y por la armonía estética de dos colores primarios, el rojo y el amarillo. Pero puede parecer que, aunque muy lejos de los totalitarismos aludidos, tal colocación no sea un símbolo de patriotismo, sino de afán de notoriedad y de cierto aliento autoritario; la oposición política solo objeta su ubicación.
En LA NUEVA ESPAÑA de 24 de noviembre Javier Cuervo firma el artículo “Banderona emocional”, en el que dice que colocar tal bandera “es señalar una obviedad" y, por tanto, algo innecesario...: “Oviedo es una ciudad de España y eso lo saben todos”. Añade: “Hay españoles que no necesitan señalizarse”.
Por su parte, Andrés Montes publicó cuatro días después en el diario el lúcido texto: “Contra la patria. Lo que la bandera oculta”. Se lee: “La omnipresencia arruina el símbolo, cualquiera que sea”. “El afán de engrandecer el símbolo deriva en deformación por abuso de tamaño”. “El fervor patrio que hay tras ese embanderamiento muta en algo muy antipatriótico... que termina por quemar la bandera”.
Lo que sí puede ocurrir es que, con el paso del tiempo, la gente, incluso los mas patriotas, se cansen de ver la bandera constantemente, y les moleste, como ya les molesta la señora de Botero, y dejen de mirarla. De ahí a que su patriotismo se debilite –o “mute”– solo hay un paso.
Se puede añadir que en el cuerpo humano hay una víscera que, aunque nos da la vida, no sabe razonar, ni sabe emocionarse, pero sí sabe reflejar los sentimientos con su palpitar. Allí hay asiento para un patriotismo silente, y para todo amor. Fuera de ella, poca cosa, por muy grande que sea su tamaño.
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