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La Unión Europea y el "Brexit"

11 de Febrero del 2020 - José Antonio Maradona Hidalgo (Oviedo)

Para el ciudadano medio, la Unión Europea (UE) ha perdido fuerza en los últimos años. A comienzos del siglo XXI los europeos tenían confianza en su continente; pensaban que la UE alcanzaría un puesto sólido, afianzado, poco menos que rector del mundo. Pero no ha sido así. En los últimos quince años se incorporaron trece nuevos estados, y eso puso en guardia a muchos europeos, recelosos de lo difícil que sería poner de acuerdo a tantos países con sentimientos y economías tan distintas, que solo coincidían en su deseo de recibir ayuda económica de la UE. El Tratado de Niza (2001) buscó la reforma de las instituciones para funcionar con tantos miembros, y el Tratado de Lisboa (2007) aspiró a tener una sola voz de respuesta a los graves problemas mundiales. Hubo incluso quien dijo: “Unidad en la diversidad”, ante la llegada de las nuevas democracias surgidas de los antiguos países de la órbita comunista. Pero quedó solo en un deseo.

El uso del euro en 2002 fue una buena inyección de ánimo. Se cogió confianza en una moneda fuerte que permitía caminar por el mundo con cierto orgullo. Luego, cuando llegó la crisis de 2008, se vio que era difícil gobernarse con una moneda adoptada por países con prácticas económicas tan diversas y políticas fiscales tan distintas, a menudo bajo gobiernos populistas empeñados en políticas económicas catastróficas, muy alejadas de las directrices europeas. Hubo que inventar la intervención de ciertas economías, llevada a su máximo en Grecia. Se salió del apuro.

La llegada de emigrantes, presente desde mucho tiempo atrás, fue en aumento año tras año, hasta convertirse en incontrolable. Eran gentes que huían de la miseria y de las guerras, y con ellas venían problemas de convivencia, grandes diferencias culturales y no raramente amenazas de terrorismo. Las sociedades europeas no supieron afrontar el grave problema de estas mareas humanas, que soportaron sobre todo aquellos países que estaban en primera línea. La Unión Europea no supo regularlo, ni casi cómo enfrentarse. Pronto, al recelo se añadió el temor. Como respuesta a este y a otros problemas surgieron fuertes movimientos nacionalistas.

Además, acechaban enemigos. Rusia trabaja con constancia y ahínco para socavar los lazos entre los países europeos y favorecer la disidencia, e incluso ha llegado a traspasar las fronteras de algún país anexionando territorios. Y ha interferido vía internet en las elecciones internas de algunos países. China, ya gran líder mundial, en camino de desplazar a los EE UU, ha sobrepasado a Europa en muchos campos y se está haciendo con muchas de sus más preciadas empresas. Mientras tanto, la UE es incapaz, no ya de hacer frente al gigante asiático, sino de la más mínima crítica; véase su silencio ante las revueltas de Hong Kong. Los EE UU, antes fieles aliados, parecen cansados de facilitar el desarrollo europeo, se enfrentan en cuestiones comerciales y exigen correspondencia en la contribución a la OTAN. Todas estas rivalidades y amenazas tienen como fin último someter a nuestro continente. Desgraciadamente, la UE es incapaz de responder con una política exterior común de alguna solvencia, como también se muestra incompetente para formar un ejército propio de alguna valía. Ambas capacidades son de importancia fundamental.

En el orden interno, la UE, regida por una burocracia desmesurada, ha pretendido a veces expandir su mando en detrimento de los poderes nacionales, conducta que también han practicado los tribunales europeos cuando no han respetado la propia soberanía que emana de la Constitución de cada Estado, hecho que bien conoce España.

Quizá por todo ello, un país desde siempre díscolo con Europa, el Reino Unido, se ha cansado y ha decidido abandonarla. Es la segunda potencia económica y la primera militar de la UE.

No pocos europeos que siempre han admitido los grandes beneficios que la Unión ha aportado temen que esta progresión hacia la disolución siga adelante ante conductas que pueden quedarse cortas o sobrepasar lo que podríamos llamar el Gobierno vital de Europa. ¿Qué pasará si otro gran país, Francia o Alemania, se cansa y abandona? No parece que el golpe sea asimilable. Podría ser el fin de la UE. Se necesitan muchos cambios y mucha gente de valía al frente, no estos políticos de cortas y egoístas miras que ahora predominan.

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