Centenario de Miguel Delibes
Miguel Delibes habría cumplido hoy los 100 años y yo acabo de poner la palabra fin a mi último libro, que se titula "Bajo el yugo judaico. Tente que te unto". No ganará el "Nadal", los libreros no lo admitirán en sus fondos. Toparé con esa estulticia y malquerencia hacia los escritores que nos pone bajo sospecha a los que queremos hacer en España buena literatura y no propaganda fétido/feminista ni queremos cocer nuestras pobres corambres en los hornos crematorios de Auschwitz, sino dar rienda suelta en nuestras páginas a una realidad, la de las pasiones humanas, la vida que se va, el sufrimiento de los oprimidos. Sí, hombre, sí. Delibes fue un señor de Valladolid que hizo la guerra con Franco y trabajó en un periódico independiente al "Norte de Castilla", el de Leguineche, Jiménez Lozano, Joaquín Díaz, el de Delibes y aquellos prosistas que estampaban sus prosas en este almanaque pinciano no lo conoce la madre que lo parió son prosas laicas, del contubernio, e incentivó nuestra vocación ("per ardua ad astra", dijo el de Mantua) cuando ganó el premio "Nadal" en 1947 con una novela que llevaba un título tan categórico y sugestivo como "La sombra del ciprés es alargada". Desde entonces todos quisimos ser Delibes, e imitarle, adquiríamos sus libros con la "huelga" que nos daban nuestras madres los domingos para que fuésemos al baile. Porque algún día seríamos famosos, publicaríamos, nos entrevistarían los diarios de provincias, estaríamos en candelero. Se apagaron las lumbreras y ahora reina la oscuridad entre nosotros. Todos ellos montan guardia en los plúteos polvorientos de mi biblioteca y los releo no sin el entusiasmo de aquel ardor juvenil que me desposó con las letras de molde pero con mucha melancolía. La editorial Destino, gloria de los catalanes que iluminó el abigarrado panorama literario en las cinco últimas letras del pasado siglo, ya no existe. Cataluña ya no quiere ser española. Obedece al dictado deletéreo de Soros y al más avieso y contumaz sionismo.
Yo me hice amigo del Mochuelo, el personaje que retrata el novelista vallisoletano en su novela mayor "El camino", espejo de la inocencia y compañero de los pájaros que abandona su valle y se va a estudiar a los frailes. Es un retablo en el que se esculpe el final de una época, de una cultura. Delibes se adelantó a su época rescatando los últimos rescoldos, las bellas palabras de una cultura y un idioma que se termina, lo que vino después de aquellas excursiones cinegéticas es la España vacía, la gran soledad en medio de su grandeza de Castilla. Él nos sorprendió a todos pues creíamos en esa grandeza y lo que nos describe es una Castilla miserable, austera, minada por el escepticismo y la cazurrería, y sin resurrección.
Un día desaforadamente tuve la poca perspicacia de criticar el pesimismo de Delibes ante uno de los hombres que más admiro, Joaquín Díaz, musicólogo, etnógrafo, un verdadero Menéndez Pidal que rescató nuestro viejo folklore para la España de hoy. Ello me valdría una enemistad que he deplorado toda mi vida. Lo que yo quería decir es que Cela me parecía más artista del idioma castellano aunque fuese peor novelista que el autor de "Las ratas", "Los Santos Inocentes" y el "Disputado voto del señor Cayo".
Me mandaron por esta observación al pelotón de los torpes, me jodieron pa vino, pero tantas letras tiene un sí como un no. Es más, y con esto termino: los españoles tienen la obligación de volver a los libros de Cela y Delibes, los dos grandes monstruos sagrados de un tiempo que se fue, dos genios que escribieron en los tiempos del franquismo, todo un contraste con la penuria creativa que nos aflige.
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