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El vía crucis de la vocación médica

18 de Febrero del 2020 - María Ángeles Ordóñez Alonso (Oviedo)

Soy médico y madre de médico, iniciando así una saga familiar en la que la vocación fue el pilar e impulsor de la orientación profesional.

Esta carta tiene como misión dar a conocer la realidad de la dureza de nuestra noble profesión -desde sus estudios, e incluso ya previamente- y describir la fortaleza, entereza y capacidad de trabajo de nuestros jóvenes médicos.

Estamos en un mundo cada vez más competitivo, donde la exigencia de una nota de entrada en las facultades de Medicina hace que los futuros estudiantes afronten con verdadera ansiedad ya el Bachillerato. Son conocedores de que esa nota media les condicionará en parte poder dedicarse a su vocación, junto con la prueba de orientación universitaria que se realiza en las universidades públicas y cuya superación es un requisito para acceder a los estudios oficiales universitarios de grado. La nota de admisión (mínimo de 5 y máximo de 14) para poder acceder al grado de Medicina varía según la Facultad, pero supera de media una puntuación de 12. Eso da idea de la exigencia.

Pues bien, he sido testigo de cómo esos jóvenes pasan ambos requisitos con el alma en vilo, con los nervios a flor de piel, navegando entre la incertidumbre, el miedo y la desesperanza dos años antes de poder entrar a la Universidad. Estoy convencida de que se han perdido muy buenos médicos por culpa de un sistema que no evalúa algo que es imprescindible: la empatía.

Aquellos estudiantes que logran superar esa primera barrera tienen que contar con que van a tener por delante seis duros años de estudios. Pese a todo, Medicina es la carrera que menos se abandona.

Los graduados que finalizan su formación universitaria todavía van a tener que superar una durísima prueba de selección -el MIR-, que determinará cuáles son las especialidades que pueden elegir. Se da la circunstancia de que en el último año de la Universidad muchos comienzan a prepararlo, y ya de manera intensiva.

Tras la graduación, durante ocho meses dedican entre ocho y doce horas al día de estudio. En esta convocatoria del 2020 más de 16.000 aspirantes compiten por 7.512 plazas.

En el sistema público de salud, sin el MIR ya no es posible ejercer -salvo excepciones derivadas de la falta de previsión de las autoridades y de la escasez de profesionales de la Medicina, que se verá agravada en los próximos años por jubilaciones de las plantillas-. Los que consigan aprobarlo van a tener por delante entre cuatro y cinco años de formación, tras la cual han de volver al mercado laboral a buscar trabajo.

Todo este vía crucis formativo conlleva diez años de la vida -en el mejor de los casos-, llenos de sacrificios personales y económicos, de conocer la gloria y la derrota, para acabar con unas condiciones de empleo que rozan lo indecente y que obligan a estos profesionales como la copa de un pino a aceptar contratos de un día, de unas horas para una guardia, de poner ruedas a su maletín para estar cada jornada en un sitio diferente. Y yo me pregunto: ¿alguien pone en valor la sangre, sudor y lágrimas que han derramado por conseguir su vocación?

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