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En su esencia, su podredumbre: Auschwitz

29 de Enero del 2020 - Darío Martínez Rodríguez (Pola de Siero)

Un pasado recordado. Irrevocable pero con su impronta en el presente. Se injerta en nosotros para reorganizar con coherencia cada una de nuestras trayectorias de vida. Lo importante es asumirlo para poder dar lustre a un conjunto de saberes que nos permitan encarar como miembros de una sociedad en marcha un futuro mejor. Hemos de exigir, para interpretarlo con rigor y poder entenderlo y valorarlo en su justa magnitud, un análisis filosófico capaz de triturar la esencia misma de un movimiento que, una vez activado, pudo desencadenar en nombre de la salvación de la humanidad, de la superioridad de una raza, un proceso delirante y amoral que entendía al otro como no humano, como infrahumano, como cosa prescindible, ausente de ser y, por lo tanto, con una existencia vacía que le convertía en justo merecedor de su aniquilación.

Auschwitz no fue un hecho casual, no fue, ni mucho menos, fruto de la paranoia de unos pocos, no fue un hecho aislado y oculto a un pueblo como el alemán. El antisemitismo se sembró donde podía materializarse, donde se podían poner en marcha marcos legales y políticos de presión con capacidad coercitiva, con fuerza para ser legales y a un mismo tiempo legitimados por una mayoría que aceptara el sino del pueblo judío, de los pueblos eslavos, del pueblo gitano, de los disidentes, de los deficientes psíquicos y físicos, de los homosexuales, de los promiscuos (a Hitler le preocupaba mucho el problema relacionado con la sífilis en las zonas obreras de las ciudades alemanas y austriacas). Su exterminio era la solución definitiva. La ciencia biológica, sus verdades en el campo de la genética, sus programas eugenésicos, en definitiva, las verdades de una ciencia heredera de Darwin se trasladaban al campo de la política, se tergiversaban en beneficio de sus privilegios de clase, se convertían en doctrina, se amplificaban al conjunto de la humanidad, y, definitivamente, estos fríos resultados de la ciencia se espoleaban con mitos soteriológicos que autorizaban al héroe de turno a sacrificar el presente en aras de un futuro mejor. Todo ello en nombre de Dios, todo ello legitimado en tanto que pueblo elegido. Reivindicar a Lutero y su visceral antisemitismo, acudir a una ética kantiana en la que la obediencia ciega del funcionario haga que la razón privada como miembro del Estado le obligue sin dudar a cumplir con su deber, someter su voluntad a una ley moral encarnada en la figura del Führer, y asumir que los designios de la historia son fruto de héroes que encarnan definitivamente el espíritu absoluto de Hegel; estos compromisos serán, entre otros, los mimbres que entrelacen toda una trama perversa que convirtió en servidores de la humanidad a los verdugos de Birkenau o Treblinka. Fieles representantes del Tercer Reich, camaradas de las temibles SS que lograban eludir el frente del Este, acólitos que cumplieron kantianamente con su deber hasta el final. De este modo su odio se tornó hábito, su ira flemática, sus vidas privadas tremendamente aburridas, simples, mermadas de momentos familiares, por su hacer en forma de exterminio en masa, merma que les producía, esta vez sí, un sentido y profundo arrepentimiento. Vidas las suyas sin ápice alguno de reconocimiento del error. Vidas sin generosidad, de interés por hacer de la otra persona alguien mejor. Todo esto, repito, no fue casual, fue premeditado.

Tampoco fue casual que en las Olimpiadas de Londres 2012, cuando se conmemoraban los 40 años del secuestro y asesinato de once miembros del equipo olímpico de Israel en Múnich, no hubiese ningún acto que recordase tal acto de barbarie terrorista. Un ejemplo, parece, del interés por dirigir el olvido histórico.

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