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Jóvenes y mascotas en Asturias

6 de Febrero del 2020 - Manuel Díaz Estrada (Forcinas (Pravia))

Leo en LA NUEVA ESPAÑA una noticia entre curiosa y triste: “Asturias, envejecida y con cada vez más mascotas: ya hay más perros y gatos que menores de 25 años”. Como dice mi amigo Borja: “¿De ser verdad?”. Hasta ahora sabíamos que nuestra comunidad iba a la cola en lo que se refiere a la natalidad, pero lo que no sospechábamos era que las familias asturianas, en vez de tener niños, nos dedicáramos masivamente a vivir acompañados de una mascota. Ojo, no quiero decir con ello que esto sea algo malo. Yo mismo vivo desde siempre rodeado de mascotas, actualmente tengo un perro mastín español (“Tarzán”), criado a biberón desde que nació hace un año. Además, poseo dos gatos (“Macarella” y “Miko”), y completan mi pequeño zoo tres parejas de periquitos y un canario. Y si hacemos caso de la estadística que aporta este diario, soy de los muchos asturianos que ya sobrepasa la barrera de los 65 años, con el agravante de no haber aportado ningún hijo al envejecido censo regional.

La noticia no deja de ser preocupante, pues que tengamos más mascotas, en total registradas 183.588, que jóvenes menores de 25 años, nos pinta un panorama muy negro para las futuras generaciones de pensionistas asturianos; pues no nos imaginamos a nuestras queridas mascotas afiliadas a la Seguridad Social y cotizando para el día de mañana.

Asturias, envejecida, sin jóvenes, sin industrias, sin ganaderos y sin futuro, será una región de ancianos y de mascotas. El caso es que en todo esto subyace un trasfondo social mucho más profundo, mucho más digno de ser estudiado por sociólogos y psicólogos. Verán, nuestras residencias de ancianos están repletas de personas mayores que, aun teniendo familiares jóvenes, estos han preferido aparcarlos en esos establecimientos antes de tener que cuidarlos en sus hogares, pues entre el trabajo y los hijos es imposible la famosa reconciliación familiar. Así que lo mejor, cuando los papás empiezan a hacerse viejos, a dar mucho la tabarra, es llevarlos a que nos los cuiden en una residencia. Lo contradictorio, lo que raya en la inmoralidad, lo que pone al descubierto la pérdida de valores en nuestra sociedad, es que muchas de esas familias luego dicen sentirse solas y terminan por comprarse una mascota, para que les haga la vida más llevadera, y también para poder presumir ante sus amigos de tener un perro o un gato carísimo, con pedigrí y no se sabe cuántos premios. Aunque, claro, en esto de las mascotas también existen las categorías –como entre las personas–, no todos los perros y gatos tienen la misma suerte. Mi “Tarzán”, por ejemplo, tiene que cuidar diariamente mis ovejas y defenderlas de los ataques del lobo, duerme en una cabaña y está bien alimentado, pero nunca le tocará pasear por la calle Uría de Oviedo exhibiendo su corpulencia y sus 90 kilos de peso. Pero él es un perro feliz, al menos desempeña un trabajo útil para el amo que lo ha criado y le da de comer todos los días.

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