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La mano que mece la cuna

10 de Febrero del 2020 - Carlos Muñiz Cueto (Gijón)

Empecemos por decir que no es que los hijos nos pertenezcan, sino que los padres y todos nosotros, incluido el Estado, servimos a su futuro y, de alguna forma, les pertenecemos. Les servimos en tanto en cuanto les enseñemos a ser ellos mismos, y a apreciar al otro que está a su lado: el prójimo. Este es el principio de libertad que permitirá, bien canalizado y educado, lograr un mundo mejor.

Pero, ¿quién educa a los niños? Existe una taxonomía que comienza por sus padres, la familia, la comunidad de vecinos, su barrio, la parroquia, su ciudad y, ahora, la red de internet y de comunicación global. Pero todo debe canalizarse para que no se desparrame y así dé fruto. Debemos transmitir los logros de la humanidad a las nuevas generaciones, pero para ello deberemos contar con la ayuda de maestros y profesores. Su misión sería transmitir los logros y conocimientos más universales a esa variopinta y diversa prole de las nuevas generaciones. Pero, más importante que los conocimientos, es que se admitan entre ellas y aprendan entre sí comunicándose: que descubran quiénes son y quiénes podrán llegar a ser. Toda diversidad es positiva, tanto entre ellas como entre los maestros y profesores. Esa diversidad en el magisterio siempre tendrá valor si quienes deben educar después en la primera línea cercana tienen tiempo para ello. Porque la escuela lo que hace es uniformar entre sí las nuevas generaciones para que se acepten, y así poder integrarlas en la sociedad. Logrando el objetivo de que el otro, sea quien sea el otro, pase a ser tan importante como uno mismo (difícil objetivo).

¿En cuanto al adoctrinamiento? Siempre lo hay. Es la función de la escuela: adoctrinar para integrar a las nuevas generaciones en una idealizada y específica sociedad que es la que interesa y decide el propietario de la escuela: el Estado de las autonomías (que no el gobierno de turno). Pero lo principal estriba en que la salvaje libertad de los niños y niñas debe domesticarse y canalizarse sin que su personalidad sea segada, sin que su creatividad sea reprimida y sin que su visión de las posibilidades sea cegada. Porque, si no lo hacemos así, la sociedad se anquilosa. Por eso debe fomentarse esa visión plural de la realidad social en la Escuela de Magisterio. De ahí parte la gran responsabilidad de la mano que mece la cuna: de los profesores de la Escuela de Magisterio. Y es ahí donde el Estado debe dar libertad a la diversidad, para poner tolerancia y armonía en la sociedad futura.

En resumen: la diversidad nos salva, la solidaridad de grupo no. Los clónicos, asexuados e inmortales protozoos, no son solución evolutiva.

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