Abrir medicamentos
Últimamente vengo escuchando a muchas personas quejarse de la dificultad de abrir una caja de medicamentos y más aún de obtener la correspondiente pastilla de su blíster. Puesto a indagar ambos factores, por una parte, la presentación y embalaje de los medicamentos y, por otra, aquellos factores humanos que conlleven una dificultad para la apertura y acceso a los mismos.
Los laboratorios farmacéuticos están obligados a cumplir unas normas que intentan preservar las condiciones físicas y químicas de los medicamentos y, en este sentido, lo cumplen tanto y tan bien que envuelven, atan, pegan y amarran de tal forma las cajas que, más que ayudar, provocan cuando menos un cabreo en el impaciente paciente, obligándolo a coger una herramienta para abrirla y así poder tomar su medicación.
Cápsulas, comprimidos, grageas, supositorios se presentan en blíster comúnmente compuestos de dos láminas, una plástica y otra de aluminio, dos de aluminio o dos de plástico, con una fortísima adherencia entre ambas que dificulta mucho la extracción de la píldora en cuestión; me refiero a los preparados en que es necesario despegar ambas láminas, por ejemplo, cápsulas para colocar en el interior de inhaladores-aspiradores bronquiales. Para extraer dichas cápsulas es necesario despegar ambas láminas de aluminio haciendo pinza con los dedos de una mano en una de ellas e igualmente con la mano contraria en la otra. Son necesarias fuerza de prensión en la pinza índice-pulgar, y habilidad para realizarlo de forma simultánea.
Lo común para abrir muchos otros medicamentos es apretar el blíster por un lado para que la pastilla salga por el otro, pero ni mucho menos eso es habitual, antes al contrario las susodichas y rebeldes pastillas, en particular las llamadas cápsulas blandas, se pegan al plástico o al aluminio (aunque ustedes no lo crean, queridos lectores, las pastillas también tienen preferencias) de tal modo que hay que librar una batalla para conseguirlas, impidiendo que salgan rotas, se caigan al suelo o en la taza de café del pariente más cercano.
Al final alguno piensa, no sin razón, que esa finalmente conquistada pastilla para la tensión no le vale para mucho, ya que el cabreo monumental de la guerra librada se la termina subiendo más.
Y si hablamos de supositorios hay que ir armados de tijeras en todo caso, sea el envoltorio plástico o de aluminio; este es tan fuerte que no se rompe con los dedos. Es verdad que ahora casi nadie prescribe supositorios, pero es tal cual.
Y las gotas de los ojos vienen en asépticos envases monodosis de plástico pegados entre sí como si les fuera la vida en ello, de cinco en cinco, metidos en una bolsa de aluminio con el dibujo de la tijera obligatoria para cortar por allí.
Y los frascos de jarabes (suspensiones extemporáneas..., Jesús, qué bien quedan ambos nombres rimbombantes) que para abrir hay que apretar, cerrar y abrir. Me ha tocado abrir unos cuantos y siempre tuve la sensación de estar ante una caja fuerte, que si aprieto, ahora giro para un lado, luego para el otro, no suena la alarma, ¡menos mal! Y finalmente se abre. Le añado un poco de agua, cierro, agito, vuelvo a jugar al ladrón de cajas fuertes, lo abro, añado la restante agua necesaria hasta la medida exacta, cierro de nuevo, agito otra vez, vuelvo a jugar al ladrón y puedo por fin echar el brebaje en la cuchara dosificadora y cuando se la voy a dar a mi nieto, me da un manotazo y a comenzar de nuevo después de limpiar el suelo. Ahora, no menos en serio, imagínese usted a un enfermo de párkinson o simplemente con temblor que deba valerse por sí mismo para abrir y para tomar el jarabe. Una odisea.
Además de los envases íntimos de los preparados farmacológicos (mejor farmacéuticos, porque de lógicos no tienen demasiado) está la vestimenta externa en forma de caja de cartón que cuando menos viene rematada en sus solapas con una preciosa, publicitaria y redondeada cinta adhesiva que asegura a cal y canto su estanqueidad. Para abrirla necesitamos de nuevo la tijera o algo similar. Y los cartones ausentes de cinta adhesiva tienen las solapas herméticamente cerradas con pegamento; a lo más nos ofrecen una línea de puntos señalando por dónde uno ha de presionar.
Por el otro lado del problema tenemos personas torpes por naturaleza, las menos, y las más por enfermedad: artrósicos, artríticos, miopáticos, neuropáticos y lo más frecuente personas cargadas de años con cada vez menos masa muscular y, por tanto, menos fuerza, más rigidez articular y más lentitud de movimientos; en resumen, más torpes e incapaces de obtener por sí solos la ansiada y casi siempre necesaria droga, fármaco o medicamento.
Uno puede pensar que la solución está en que sean los cuidadores quienes se ocupen de la pelea, pero esta ocurre más a menudo con pacientes sin cuidador, que viven solos o acompañados de otra persona que está igual o más torpe aún. Los pacientes con cuidadores no tienen este problema ya que estos se encargan del trabajo de abrir y repartir las pastillas por comidas u horas de toma.
No, la solución está en los laboratorios que deberán esforzarse en facilitar la apertura de las cajas manteniendo las medidas de seguridad de obligatorio cumplimiento y simplificando la apertura. La gente se queja de que el “abre fácil” no es tal, sino más bien “abre imposible”.
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