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Muerte de Palacio Valdés (y 3)

13 de Febrero del 2020 - Antonio Parra Galindo (Cuideiru)

Palacio Valdés y la Revolución del 34: "No volver más allí".

Armando Palacio Valdés dedicó su vida a guardar el equilibrio psíquico y cuando supo que la Universidad, su querida Universidad, en la que había enseñado y aprendido Filosofía de la mano de Benito Espinosa, fue destruida por las turbas rojas de 34, dijo: "No volveré más".

Los veranos los solía pasar en Cap Breton en las landas francesas donde tenía un chalecito a partir de 1933 veranea en El Escorial. El triunfo de la máquina, la mina y el progreso convirtieron su aldea perdida en avispero de odios y de pasiones violentas. Adiós Cordera. Enviaron al macelo municipal de sangre espesa a la vaca abuela bien lo profetizó Leopoldo Alas Clarín.

La guerra del 36 le sorprende en su casita cerca del monasterio de Felipe II. Los fascistas son encerrados en el patio del monasterio escurialense. Gracias a la pericia de su chófer consigue burlando la vigilancia de los milicianos encaminarse a Segovia, pero detenido en Guadarrama al haberse convertido el Alto del León en frente de batalla regresa a la capital por Villalba. En su domicilio del Barrio de Salamanca siente frío, está enfermo y aterrado porque cualquier timbre a la puerta puede ser la llamada del verdugo. Conjura sus miedos escribiendo el "Álbum de un viejo". El novelista piensa que le ha llegado la hora. la noche del 29 de enero de 1938 fallece en un sanatorio del Madrid rojo sus biógrafos no especifican cuál. Esta es una versión. La muerte del autor no ha sido bien estudiada por los biógrafos aunque la memoria histórica nos remite a la conjetura de que tal vez fuese liquidado en los altos de Paracuellos junto a sus amigos los hermanos Álvarez Quintero. La moderación fue clave de su vida. Fue un escéptico a lo Baruc Espinosa el filósofo judeo-español al que expulsaron de la sinagoga de Amberes al que idolatraba y un epicúreo digno de una muerte tranquila, pero falleció en la espiral del odio como Zaratustra. En las llamas de la conjura fratricida. Es una muerte que hay que imputar, en cualquier caso, a los socialistas y al Gobierno de Azaña asesino y cobarde.

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