Violencia de género, vacuos o cómplices
Asistiendo a una estampida, al menos mediática, de la violencia de género, violencia, en la inmensa mayoría de los casos, de hombres contra mujeres, no se pueden tergiversar las estadísticas, los números son lo que son y observamos -algunos, impávidos- cómo hombres matan a mujeres. Pueden ser maridos, compañeros, novios, ex o sin relación previa, el resultado es el mismo: una mujer deja de existir por el capricho, la ira o los celos de un ser abyecto.
Cuando ocurren hechos tan deplorables nos escandalizamos, los medios de comunicación bombardean a familiares y amigos de la víctima, los políticos condenan el horrible suceso y muchos se concentran ante ayuntamientos o centros oficiales para reprobar y exigir el cese de esta execrable violencia.
Pero, realmente, ¿hacemos todo lo posible para acabar con esta lacra, contra este crimen aborrecible? ¿Ponemos todos los medios para evitarla? ¿Realizamos todas las acciones a nuestro alcance para erradicarla?
Mi respuesta rotunda es NO. Ni nos esforzamos, ni ponemos medios, ni nos anticipamos a acontecimientos que prevemos que van a ocurrir. Vaya por delante que me acuso a mí mismo de mis tintes machistas, nací, crecí y me eduqué en una sociedad machista, donde la mujer era un escalón inferior al hombre en todo, donde si se te ocurría realizar alguna tarea fuera de las atribuidas oficialmente al macho te convertían, en el mejor de los casos, en un sarasa; en el peor, en un apestoso maricón.
Voy a relatar un hecho real, que no es excepción, por si a alguien le remuerde la conciencia. Mujer casada, dos hijos, maltratada psicológicamente durante bastante tiempo, insultos frecuentes, abandono de sus obligaciones como padre, vicios varios que conducen a constantes broncas. Por fin, apoyada por familia y amigas, decide dar el paso y denunciar el abandono del hogar cuando lleva desaparecido del domicilio familiar más de un mes y medio, sin atender las necesidades básicas de su familia. Alguna llamada esporádica y algún mensaje por las redes sociales.
Ante la precariedad económica manifiesta y aislada geográficamente de su familia y amigas -ya se encargó de crear dependencia absoluta el individuo-, solicita abogado de oficio en el Juzgado correspondiente- y ahí comienza el segundo calvario; evidentemente, el primero fue su matrimonio. Debe esperar el tiempo que se tarde en adjudicarle uno. Al mes, ante la falta de noticias, decide volver al mismo tribunal, y la escueta respuesta es que todavía no tiene procurador. Han transcurrido más de tres meses y aún no tiene adjudicado ni abogado ni procurador. La única asesoría oficial es un abogado de los Servicios Sociales que como único consejo le indicó que procurase llevarse bien con el padre de sus hijos. Sabia intención para una madre al borde del paroxismo. Le indica que una vez que comience el proceso puede tardar en haber sentencia más de un año.
¿Quién pagará las consecuencias si este proceso finaliza en maltrato físico, secuestro de los niños o incluso en el deceso de la mujer? Nadie asumirá su responsabilidad, todos se unirán al dolor familiar y tratarán de consolar a los huérfanos y repudiarán la violencia de género, para unos, o de familia, para otros, pero ambos demostrarán su ineptitud, los primeros, y su degeneración humana, los segundos.
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