Conceptos trasnochados
A mi edad, 77 años, no sé si debo ser considerado una persona muy mayor, un viejo o un anciano. La Real Academia de la Lengua (RAE) define la vejez y la ancianidad de la misma manera, y se refiere a ellos, es decir, a nosotros, como personas que están, o que estamos, en el último periodo de la vida.
Sin embargo, hay que animarse porque cada vez hay más personas que rebasan con creces los 80 años y que se encuentran en perfecto estado de revista.
Por otro lado, las estadísticas manifiestan que la esperanza de vida ha aumentado considerablemente en las últimas décadas, y, según estimaciones, la edad de una persona activa de 90 años se corresponde con la de una pasiva de 60.
Creo que en estas circunstancias lo más aconsejable sería que los académicos de la Lengua se tomaran la molestia de actualizar una serie de conceptos, como los ya mencionados, que con el paso del tiempo se han quedado totalmente obsoletos.
Si con estos planteamientos se consigue retrasar el envejecimiento lingüístico en veinte o treinta años, yo seguiré siendo considerado un vejestorio, pero mis hijos y mis nietos lo agradecerán, porque a los 50 estarán en su mejor momento y con más de media vida por delante.
Se podrá hablar entonces, con propiedad, de jóvenes, de adultos, de adultos mayores, de viejos o de ancianos, así como de la tercera, la cuarta o la quinta edad, según se tengan 40, 60, 80 o 100 años respectivamente, o incluso más, si cabe, porque ya no es noticia que alguien, en un pueblo de Extremadura, por poner un ejemplo, haya cumplido 110 años, como no lo será que unos cuantos años superen los 120, o los 130.
Pero, como no se trata solo de cumplir años, sino de tener calidad de vida, hay que animar a los abueletes activos de 90 años a seguir meneando el esqueleto, y a los maduritos de 60 a mover el culo de la silla, y así todos saldrán beneficiados.
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