El campo protesta en Madrid
“El campo como salvación”, titulaba un servidor una humilde reflexión en el nunca olvidado “Eco de Luarca”. Y lo hacía desde Madrid, hace muchos años, en esos años mozos, cuando uno cree que es alguien y puede arreglar algo.
Por entonces, Madrid era una ciudad más alegre, familiar y habitable. El gesto de las personas no se mostraba tan preocupado y duro, y los telediarios no nos hacían sufrir como ahora. Si llueve, “lo peor está por venir”; si ventea, “lo peor está por llegar”; si nieva, nos enseñan pueblos donde las gentes no pueden salir de casa y el panadero tiene que ser un héroe para llevarnos la hogaza. Qué decir de aquellos que atienden las vacas a distancia, luchando con los elementos.
Y el caso es que siempre ha ocurrido así. Llovía, crecían los ríos, caían las fanas, blanqueaban los campos, granizaba sobre las cosechas, nos llevaba el viento a los nenos que cuidábamos las vacas ajenas sin ningún tipo de protección ni prendas de vestir adecuadas, mal calzados y peor comidos... Pero es verdad que las gentes se mostraban más alegres y cantaban mucho por caminos y sembrados. Aún recuerdo aquella canción de “María bonita” o “Siboney”, danzando sus notas en los maizales.
Recordando esto, hace unos días sentí el deseo de acercarme a la madrileña zona de Atocha (de tantos sucesos y dolores), donde se ubica el Ministerio de Agricultura. Esa mañana, sobre las doce, el campo protestaba en Madrid, con toda razón, por la situación de ruina en la que vive su día a día; impuestos que paga, precios de vergüenza para sus productos, precios que nos les permiten seguir adelante. “Pagamos mucho y recibimos poco”, rezaban sus pancartas. Tomates, patatas y cebollas, a precios ruinosos, y un sinfín de problemas y carencias en su duro trabajo cotidiano, de tan escasa o nula rentabilidad.
Pero yo esperaba más gente, la verdad. Y la que había se mostraba abatida y con pocas esperanzas de lograr algo positivo, si bien hubo momentos para todo.
Un servidor de ustedes, algo abatido también, se fue alejando por el paseo del Prado, zona de emblemáticos hoteles y grandes museos, paseo antaño de ilusionadas gentes pertenecientes a todas las clases sociales. Qué primaveras.
Desanimado y recordando aquello del “campo como salvación”, me alejaba esta mañana, lejos de aquella creencia publicada en Luarca de que la vida en la ciudad llegaría a ser imposible, que no podría comer coches y neveras.
He visto esta mañana que todo está muy difícil para las dos partes, tanto para el campo como para la ciudad. Ni el uno ni la otra se ven muy boyantes.
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