Ecología humana
Curiosamente, de todo el movimiento ecologista serio, no enfrascado en fines puramente de oportunidad política o de modas al uso, hay uno del que no se habla a pesar de ser el más importante de los “ecologismos”: el que atañe al ser humano. De tal manera que, mientras se combate contra la contaminación de la Tierra, el ser humano cada vez alcanza mayores niveles de impurezas en lo físico, psíquico, moral o ético, y que afectan gravemente al comportamiento, bien sea este en su ámbito privado o en sus relaciones con la sociedad.
Si a un organismo vivo no humano se le intenta preservar del efecto nocivo que para su desarrollo tienen los agentes contaminantes, bien sean estos químicos u orgánicos, producidos en los laboratorios experimentales o por un entorno contaminado, al Ser Humano, con mayúsculas, se le expone no ya a factores ambientales nocivos para su salud física, sino que se le priva de algo tan imprescindible para su desarrollo integral como es su racionalidad. La razón, junto con el sentido común, diferencia lo “humano” de lo “inhumano”. Y el sentido común, junto a la razón, al “hombre” de la “bestia”.
De aquel eslogan de Mayo del 68 en el que se aconsejaba a una juventud hormonalmente efervescente -como todas las juventudes- aquello de “ser razonable y pedir lo imposible”, se está ahora en “hacer lo posible para no ser razonable”; error el de la actualidad tan ilógico como el anterior, y si nada bueno aportó en aquellos años, nada bueno aportará hoy por mucho que se recuerde -a modo de justificación- que estamos en el siglo XXI. Por cierto, recordatorio este referido al siglo actual, que resulta ya tan aburrido como anodino y que ha perdido toda “su gracia” y su efectividad. Pues si de lo que se trataba era de llamar antiguos y obsoletos a todos quienes razonablemente ven la sinrazón de actos u opiniones superadas ya en el tiempo, aunque se vuelvan a sacar como novedosas tal si fuera un “cajón de sastre”, el tiempo demostrará que existen dogmas inmutables más allá de los políticos o los coyunturalmente de moda.
Volviendo a la cuestión y resumiendo, dadas las circunstancias: el hombre necesita mucha más ecología que las plantas, los ríos, los mares o los montes. Necesita de una razón libre de prejuicios ideológicos o modales que la hagan ejercer como tal. De un sentido común, para afrontar sus actos, previendo sus consecuencias; de tal manera que con el uso libre de estas dos potencialidades pueda transitar por la vida no como la libertad de una “veleta”, que se cree que por girar libremente no termina apuntando a una sola dirección, que es donde el viento termina situándola, sino haciendo uso de esa libertad irrenunciable, pero que va más allá del “poder hacer lo que se quiere”, situándose en la realidad “de hacer lo que se debe”. Así es que de la contaminación de la libertad se cae en el libertinaje, para después terminar, sí o sí, en seguir lo razonable para no chocar con la libertad del prójimo. Y es que “lo que contamina al hombre no es lo que entra por su boca, sino lo que sale del corazón” (Mt 15-1-20).
¿No es acaso el ser humano más importante que todo lo que le rodea? Siendo así que lo es, la escala de prioridades está clara, al menos que lo irracional se imponga subvirtiendo el orden natural, lo que no saldría gratis al género humano por mucho que algunos pretendan condenar a esta generación en aras de un ecologismo terrenal, con la simpleza de dejar un planeta libre de humos, pero con “malos humos”, a los hijos o nietos, que tal vez no se tengan, ni se sepa si se tendrán alguna vez.. Hay un dicho asturiano que define el que mal vamos “si el carro pasa por delante de los bueyes”. No está de más recordarlo a la hora de querer ser verdaderos ecologistas del ser humano.
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