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Las fronteras de hoy en día: ¿hemos evolucionado?

25 de Febrero del 2020 - Stefania Sias (Génova)

El 9 de noviembre de 2019 se celebraron los treinta años de la caída del muro de Berlín, que desde 1961 dividió a Alemania durante veintiocho años. Desde su caída, se han seguido construyendo otras barreras para separar a los pueblos.

Por lo general, se levantan barreras para protegerse de hipotéticos “enemigos” que se encontrarían al otro lado de ese muro. Pero ¿existe de verdad un enemigo? Y, sobre todo, ¿tiene sentido elevar vallas que dividan a los pueblos?

En mi opinión, no. De hecho, a pesar de que políticamente sea una excelente estrategia, dividir a personas pertenecientes a la misma raza (es decir, la raza humana) ha creado siempre y tan solo más hostilidad hacia quienes se encuentran al otro lado.

Además, alzar murallas fronterizas nunca ha aportado beneficios: no disminuyen los robos ni la violencia (hechos de los que, a menudo, se acusa a los inmigrados) ni los homicidios. No obstante, saber que hay una barrera física, tangible, que los ampara, hace que muchos ciudadanos se sientan protegidos. ¡No importa si no disminuyen los crímenes o si implementar dichas fortificaciones no es provechoso, lo fundamental es sentirse seguros!

El muro entre México y Estados Unidos y las vallas de Ceuta y Melilla son las barreras más conocidas, pero no son las únicas. En efecto, existen varias (aproximadamente setenta): entre otras, la que separa a Corea del Norte de Corea del Sur, la que se encuentra entre Grecia y Turquía y la que se sitúa en Chipre y divide a la parte griega de la isla de la parte turca.

Aparte de las barreras físicas, existen también fronteras interiores o ideológicas: se trata de trabas mentales, creadas por la población de una determinada nación, que –a menudo– los inmigrados encuentran al llegar al país de destino. En realidad, muchos ciudadanos les reservan a los inmigrados un comportamiento hostil y pasan de un extremo a otro: desde tratarlos con condescendencia, indiferencia u hostilidad, hasta utilizar algunas formas de violencia (verbal, física o psicológica): por ejemplo, se les echa la culpa a los extranjeros de todo lo malo que ocurre.

En definitiva, ningún tipo de muro es una solución a los problemas socio-económicos de un país. Deberíamos considerar a los extranjeros como un recurso para la sociedad, ya que la diversidad cultural ayuda a forjar una sociedad plural y heterogénea y a abrir la mente de quien cree que el mundo no va más allá de su ciudad o país.

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