¿No es el ADN nuestra seña de identidad?
Leo un artículo en la prensa titulado “Uno de los nuestros”. Dice que haber nacido en el mismo lugar no es suficiente, y extranjero es el que no piensa igual. Sí, prácticamente todo nos diferencia o... nos separa. Me ha resultado agradable porque siempre le queda a uno la duda de que si no es aceptado es porque el raro es uno, no los otros, así que me ha hecho sentir... menos raro.
Yo he sido inmigrante en Barcelona desde mi más tierna infancia hasta mi juventud, mucho más que la Piquer en Nueva York –óigase el preámbulo del pasodoble “Suspiros de España”–. Cuando regresé a mi Aragón me apodaron “el Cataín”, quizá por el acento, y quizá también porque mis maneras con las chicas resultaban un poco más elegantes, lo que superaba el ambiente general de aquellos tiempos. Si eso me daba más posibilidades... yo no tenía la culpa. De modo que empecé a sentir la “Patria”, la grande y la chica como algo personal, algo en lo que nunca podría interferirse nadie.
Os cuento una anécdota de la mili:
Valdespartera, 1966.
–¿Sabes cómo me llaman?
–Creo que... “el Cobra”, mi teniente.
–Hubieses podido hacer la mili con galones o con al menos una estrella; ¿te avergüenzas del ejército?... Haces lo que te da la gana, y hasta saltas la tapia para no pasar revista, pero... por fin te han cogido. Te quedas sin pase pernocta y ya veremos. No comprendo tu actitud. Dime, ¿qué es para ti la Patria?
Yo no me daba cuenta de que “el Cobra” me estaba buscando la garganta.
–La patria no es el ejército ni el Generalísimo, la patria es mi madre y mis hermanos, por eso necesito el pase pernocta. Tengo que trabajar para llevar algo a casa.
Los ojos grises del teniente centellearon como el acero.
–Ya has caído, valiente y presumido imbécil. Estás arrestado a perpetuidad, y es posible que pueda mandarte a Mahón.
–Si me ha declarado la guerra, conviene que sepa cómo me llaman a mí.
–¿Sí?, y... ¿cómo te llaman?
–El patriota.
Lo que sigue ya será para otro día.
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