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Ciudadanos del mundo

2 de Marzo del 2020 - Sara Bazzurro (Génova)

Les escribo esta carta desde Génova (Italia), una ciudad costera, antigua República marinera en la Edad Media. Desde siempre, mi ciudad ha sido un lugar de acogida de personas, culturas, lenguas diferentes, y creo que todo ello ha dejado su rastro dentro de nuestro modo de vivir.

Todavía hoy, Génova sigue siendo una meta para los muchos inmigrantes que llegan a Italia: de hecho, es la ciudad italiana con la mayor comunidad hispanoamericana, y esta se ha integrado dentro del tejido social local.

Desde hace muchos años, hemos entrado en contacto con otras culturas que se han fundido con la nuestra, así que, en realidad, ya no deberíamos hablar de “tu” o de “mi” cultura, sino de una cultura común.

Preparando mi tesis de fin de grado en la Universidad, tuve la ocasión de descubrir algo verdaderamente fascinante sobre las identidades culturales.

Leí una novela autobiográfica de Raquel Cepeda, autora dominicana-norteamericana, la cual trata el tema de su propia identidad en calidad de estadounidense, americana, dominicana, latina: al final, no consigue identificarse con ninguna de estas etiquetas. En Estados Unidos, todos la consideran dominicana por haber nacido en República Dominicana; en República Dominicana, la tachan de norteamericana por haber vivido la mayor parte de su vida en Estados Unidos. Para conseguir encontrar su propia definición, Cepeda decide someterse al test del ADN mitocondrial. El ADN mitocondrial es la parte de ADN contenido en la mitocondria y es transmitido a los hijos por la madre: de hecho, no se encuentra en las células sexuales masculinas, sino solo en las de las mujeres (Eva mitocondrial). Este test sirve para determinar el parentesco de dos o más personas a través de la línea materna. Pero no es solo esto: dicho test muestra el origen de nuestros ancestros. Revela nuestro haplogrupo -es decir, nuestra ascendencia en la Prehistoria, nos indica de qué pueblo de la antigüedad descendemos- y gracias a este tipo de datos conseguimos también “ubicar” nuestra genealogía en el mundo.

Yo no pude hacer el test porque se trata de un examen médico costoso, pero me documenté y descubrí que en todas las personas de todas las nacionalidades resulta un porcentaje (aunque mínimo, en algunos casos) de descendencia africana, ya que -como sabemos- el ser humano nació en el territorio de Pangea, que hoy corresponde al africano.

Yo creo que es muy interesante llegar a la conclusión de que, al fin y al cabo, es verdad que no somos todos iguales a nivel físico, pero sí somos similares desde el punto de vista genético porque todos compartimos por lo menos un origen común. Así que, fuera de todo populismo, de verdad no tiene sentido discriminar a los que a menudo se consideran “diferentes”, porque el elemento que nos empuja a desvalorizar al “otro” es a lo mejor algo que nosotros llevamos en nuestra misma sangre.

Si todo el mundo pudiera someterse a este test, a lo mejor viviríamos sin prejuicios y sin fronteras ideológicas. Y qué bueno sería llegar a la misma respuesta que Raquel Cepeda: después de su viaje en busca de su identidad, ella consigue entender que no es ni dominicana, ni estadounidense, sino “ciudadana del mundo”.

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