El tabaco y la nueva Inquisición
“El Santo Oficio impondrá severo y ejemplar castigo a todo aquel cristiano que con maléficas artes inhale y expela humo por cualesquiera de sus orificios naturales, utilizando para ello la planta del tabaco, malhallada en el Nuevo Mundo. Que así sea y se cumpla”.
Así reaccionó la Inquisición ante los primeros casos de consumo de tabaco en nuestro país, todos ellos protagonizados por tripulantes de las tres naves que capitaneó Cristóbal Colón en su búsqueda de una ruta directa a Oriente. Alguien podrá decir en su descargo que realmente se trataba de una novedad espectacular e inquietante, y que ya sabemos cómo reacciona históricamente la Iglesia ante cualquier novedad que desconozca y no controle; sin ir más lejos, también reaccionó con rechazo ante los primeros consumidores de chocolate (el que se come, en este caso).
Pues bien, más de cinco siglos después los consumidores de tabaco estamos siendo arrinconados y perseguidos de una manera absurda y difícilmente entendible. Cuando de una manera pacífica y a través de la educación y la concienciación ciudadana el tabaquismo se había reducido de forma harto considerable, en los años 2006 y 2011 se promulgan las leyes más conocidas con multitud de prohibiciones, sanciones y también contradicciones y ambigüedades (que pregunten a la hostelería y el gasto que asumió en obras para habilitar locales separados). Asumiendo la protección en determinadas zonas de trabajo, sanitarias, etcétera, estas leyes introdujeron un elemento de discordia en la sociedad fomentando el enfrentamiento, denuncias y discusiones en un tema al que la ciudadanía estaba dando una solución por sí sola.
Y ahora, de forma totalmente innecesaria, se da una nueva vuelta de tuerca con el anuncio de tres medidas: aumento del precio, prohibición de fumar en espacios deportivos al aire libre y prohibición de fumar en coches particulares. Lo primero lo tenemos asumido y ya sabemos que poco a poco tendremos que rascarnos el bolsillo un poco más, qué le vamos a hacer. Pero que me maten si consigo comprender las dos prohibiciones. En los estadios deportivos, además del escaso número de fumadores que vamos quedando (por ejemplo, no conozco en el Tartiere a ningún otro fumador de puros además de mí mismo, y son escasos los consumidores de cigarrillos), estamos al aire libre, y la posible molestia que se pueda causar a alguien por un esporádico golpe de viento no justifica la eliminación de un plumazo que se nos aplicará en breve. Pasamos de la antigua intolerancia e incomprensión de antaño hacia las personas no fumadoras a la intolerancia y persecución implacables hacia los escasos fumadores que vamos quedando.
Pero lo que llega a límites ciertamente incomprensibles incluso desde el punto de vista jurídico es la prohibición en el interior de los vehículos particulares. Se controla y se pune lo que realizamos en un ámbito privado y particular. Y esto lo protagoniza un gobierno que se autoproclama como progresista. ¿Pero de verdad no tienen otra cosa de la que ocuparse? Que se ocupen de recuperar el funcionamiento y el prestigio de la sanidad pública rehaciendo todo lo destruido en favor de los emporios sanitarios privados, y que se dejen de pendejadas.
¿Qué será lo próximo, prohibir fumar en las viviendas? El primer marinero de la expedición de Colón que fumó a su vuelta del Nuevo Mundo, Rodrigo de Xerez, marinero de Ayamonte, fue denunciado por sus propios allegados y recluido en prisión durante siete años. Que nadie vea descabellado el que esas denuncias vuelvan a nuestra actualidad si los poderes públicos siguen empeñados en fomentar polémicas absurdas e innecesarias.
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