La confusión, un posible semillero de votos
Leo en estos días una cita muy interesante de F. Bacon, uno de los más importantes filósofos de la modernidad y de la ciencia. Dice: "Con mayor celeridad emerge la verdad del error que de la confusión". En el abrupto terreno de la política la verdad es difícil, al menos en un grado de abstracción y necesidad mínimo. Nuestras conductas son dispares, los intereses particulares plurales, el obrar colectivo imposible de pronosticar, la valoración de los resultados abierta y sometida al ineludible escrutinio ideológico. El obrar bien de todos, o siendo más precavidos de muchos, no sabemos si necesariamente conducirá a una materialización más real de una justicia social en forma de interés general. En una sociedad en marcha los planes de futuro han de ser prudentes, pero también hemos de reconocer que son, dada su naturaleza política, ficticios, virtuales, posibles, eso sí, siempre y cuando no se apueste por políticas utópicas ávidas por sacrificar el presente y poner en marcha planes de estabilidad estériles, ineficaces o simplemente desestabilizadores. Queda claro el hecho de que la posible verdad política es problemática. Pero por lo menos sí ha de poder darse un proceso bien meditado que permita entenderlo como coherente, como garante de un orden tan necesario para la convivencia como para el logro particular de nuestras aspiraciones más elevadas y sabias de libertad.
En nuestro país surge el problema cuando lo que domina es la mera confusión. La conducta de los ciudadanos españoles está sumida en la inmediatez. Dilatar el tiempo de cara al futuro parece inoportuno. La felicidad se agota en la satisfacción de cualquier tipo de falsa necesidad, ya sea caprichosa, indecorosa e incluso amoral.
Quienes han de servir de guías de nuestras trayectorias particulares de vida se atiborran de principios, en su abundancia y variabilidad se tornan vacíos; el ciudadano no sabe a dónde dirigir sus pesquisas prácticas. No hay principios coordinadores que permitan dar sentido a la estructura y al funcionamiento del Estado. En la confusión generalizada todo vale, o todo carece de interés. El nihilismo o la apatía se tornan carta de presentación de todo ciudadano dispuesto a vivir bien, sin altibajos, sin preocupaciones. La razón se colapsa, el error no se reconoce, el bien se ausenta, la justicia se debilita hasta someterla a la formalidad de la inacción. Un mal ejercicio práctico de vida, particular o colectivo, puede no tener consecuencias. Explorar las vías de la ilegalidad puede resultar beneficioso.
Vistas así las cosas, en la confusión todos los ejecutivos, y este en particular, convierten desde su punto de vista cualquier tipo de actuación en impecable, el fallo no tiene cabida. Pero en la sobreabundancia de principios no gana la verdad, domina la opinión, lo emocional, lo que sea fácil de aceptar por la mayoría sin falta de devanarse los sesos, en otras palabras: lo que pueda garantizar más votos. De este modo intentar pergeñar una política en beneficio del interés común se topa permanentemente con la imposibilidad de poder aunar un mínimo de coherencia, y esto porque es imposible engarzar lo que diecisiete comunidades autónomas quieren para sus ciudadanos. Esta es la realidad que hasta ahora ha hecho imposible por ejemplo un pacto de Estado por la Educación o un pacto que permita diseñar un Estado que pueda competir frente a otros con garantías, no frente a otras comunidades autónomas mirando cada una de ellas y de forma mezquina por sus intereses. Es nuestra debilidad como nación política la fuerza de los otros. Construir muros de discordia entre vecinos transforma nuestra democracia en una forma de hacer política sometida a una irracional cadena de favores. Por cierto, muy feudal ella.
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