El problema real: ignorancia e hipocresía
En los últimos años, ha surgido la pregunta: "¿Italia es racista?". Desde el primer momento, los políticos respondieron afirmando con marcado orgullo que no, basándose en gráficos y en una lista de los países más racistas. Como si al mostrar que hay países más racistas se pudiera borrar el hecho de que Italia es -efectivamente- un país racista. A pesar de esto, el problema fundamental es que la gente insulta y discrimina sin reflexionar. Todo este comportamiento intolerante, que se observa cada vez más, es el resultado de prejuicios, que se ven reforzados por la ignorancia.
En primer lugar, la palabra racismo tiene una connotación ideológica que se basa en la distinción del hombre en razas y en la exaltación de la propia frente a las demás. Sin embargo, su significado se ha ampliado, si bien de forma impropia, para indicar cualquier actitud de intolerancia y discriminación contra personas que se consideran diferentes por cuestiones de religión, cultura e ideas políticas.
Según los datos del Instituto Nacional de Estadística (ISTAT), el órgano estadístico del Gobierno italiano, los menores pertenecientes a la segunda generación constituyen el 13% de los menores en Italia y el 75% de ellos nació en Italia. Se trata de niños y jóvenes para con quienes el adjetivo "extranjero" resulta completamente inapropiado, dado que comparten con los "verdaderos" italianos el lugar de nacimiento, la lengua, la cultura, el sistema educativo, etcétera. Por consiguiente, teniendo en cuenta estos datos y la definición de la palabra racismo, una actitud de intolerancia hacia estos "extranjeros", por su condición de "diferentes", ni siquiera tendría sentido.
Siendo extranjero en este país, tras llegar hace cuatro años de Bélgica, he experimentado en carne propia este fenómeno de prejuicios, a menudo basados en el color de la piel de una persona. Nunca nadie me ha dicho: "¡Regresa a tu país!". Ni siquiera cuando no sabía hablar italiano. En cambio, muchos otros extranjeros tienen que sufrir esto, aunque se hayan criado en Italia y se sientan italianos.
Por lo que se refiere a los políticos, estos no contribuyen positivamente a la situación: por el contrario, los que deberían dar buen ejemplo incitan al odio, al racismo y a la xenofobia. Pongamos -por ejemplo- el caso de la votación sobre la moción contra el odio, el racismo y el antisemitismo propuesta por la senadora Liliana Segre, quien no obtuvo la unanimidad debido a las abstenciones de los partidos de derecha.
En definitiva, el problema no es solo el racismo, sino también y sobre todo los prejuicios y la incultura. El odio racial es una semilla lanzada al viento por la mano de la ignorancia.
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