La España vacía o muerta
Después de leer el culto análisis de don José María Álvarez Álvarez en el escrito publicado el 17 del pasado mes de febrero, con el título de “Invención de la España vaciada”, no tengo menos que estar en total desacuerdo con su dictamen.
Tiene razón en que el proceso comienza con la industrialización en el siglo XIX, que es un fenómeno global y que el término es una invención moderna: no existe una zona vaciada, existe una España muerta y otra moribunda. Con la primera solo nos queda el responso y con la segunda las medidas paliativas.
No es menos cierto que nuestros alimentos y los de nuestras mascotas provienen del medio rural. No veo un huerto de berzas en el Campo San Francisco de Oviedo, ni una granja de gallinas o de cerdos, aunque haberlos haylos, en la calle Corrida de Gijón. Por otro lado, cuanta menos importancia tienen los minifundistas, la dispersión y la multiproducción, cuanta mayor concentración existe de los medios productivos, mayores son la manipulación, la oligarquía y el monopolio, con los perjuicios que ello conlleva para los consumidores.
Estamos asistiendo a las protestas de agricultores y ganaderos en defensa de unos precios justos para sus frutos y contemplamos con estupor la gran desproporción entre el precio que reciben estos por sus trabajos y los que debemos abonar los consumidores en tiendas y mercados. ¿Es acaso justo que abonemos en nuestra compra dos euros por algo cuyo precio de producción es de 0,25? Nos multiplican por ocho lo que les ha costado a ellos. ¿Es esto justo? ¿Dónde reside la igualdad de distribución equitativa?
Evidentemente, esto ayuda a la despoblación del campo. Estoy seguro de que, si los precios a percibir por estos colectivos fueran los adecuados al precio final, el número de las personas que abandonan el campo disminuiría considerablemente; incluso se ganaría población. El argumento de que en las ciudades se encuentra trabajo con mayor facilidad se desmorona cuando observamos que el paro es muy superior en el sector servicios, incluso en la industria o la construcción. Un ejemplo: en mi municipio, de 658 parados en total, solo 30 pertenecen a la agricultura; en cambio, 414 son del sector servicios, 67 de la industria y 59 de la construcción.
Por otro lado, es injusto criminalizar a los agricultores y ganaderos por las ayudas recibidas y es falso que únicamente aspiren a recibir subvenciones. Aspiran a percibir una retribución justa por su trabajo.
La despoblación de la España rural tiene muchos motivos, uno ya expuesto, pero otros son el abandono total de estas zonas, privándolas de los servicios que disfrutamos en zona urbana; y se pueden enumerar desde los básicos como sanidad, educación y servicios sociales hasta los de ocio y tiempo libre, pasando por el comercio.
Es evidente que pagaremos las consecuencias de nuestra irresponsabilidad no solo en el encarecimiento de los precios de nuestros alimentos, sino en la disminución de la calidad y, sobre todo, en el compromiso de preservar el planeta que habitamos. Está muy bien analizar los GEI, pero, cuando se queman los montes, ¿creemos de verdad que los incendios son casuales o en la mayor parte son consecuencia del abandono y la dejación?
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