La democracia, el coronavirus y el descreimiento
Abraham Lincoln definió la democracia como “el gobierno del pueblo, para el pueblo y con el pueblo”, que recoge sencillamente ideas que constituyen la base de su ejercicio real: la soberanía nacional, la libertad e igualdad de derechos de todas las personas y la búsqueda del bien común a través de la representatividad del sistema político. A las que deben acompañar la formación de los líderes, que han de guiar con su conocimiento y conducta la actuación del país; el acceso a la educación de todos, siempre, pero más si cabe en un mundo globalizado como el nuestro; y en la actualidad, la información veraz.
En la situación que estamos viviendo hoy en España con la crisis provocada por el coronavirus podemos comprobar que algunas de las ideas que hemos expresado realmente están lejos de cumplirse, pues, en primer lugar, la preparación de nuestros dirigentes políticos está dejando bastante que desear; la coordinación de los esfuerzos que han de emplearse para afrontar un problema de carácter sanitario resulta sumamente deficiente; la adopción de medidas de prevención no ha resultado adecuada (¿las ha habido?); la actuación, tanto a nivel sanitario como político en general, ha ido a remolque de los contagios producidos y de su extensión, echándose de menos la comparecencia pública de los gobernante explicando la realidad de la situación, reconociendo las cuestiones que no se conocen de la enfermedad, y, desde luego, ha resultado evidente la incapacidad para asumir la responsabilidad política de unas medidas que, día a día, sobrepasados ya por las circunstancias, se han visto obligados a tomar.
Y qué decir sobre la información y comunicación ofrecidas. Quizá sea preciso indicarles que, para tratar de evitar una situación de pánico (exagerado), los ciudadanos (no la gente, los ciudadanos), tienen -tenemos- el derecho de conocer la verdad de los datos e informaciones, naturalmente sobre la confianza -hoy puesta en duda- en que quien las transmite goza de credibilidad, de manera que ha de reconocer también la ignorancia existente sobre ciertas cuestiones que se plantean o derivan del problema. Crítica que entiendo es preciso extender no solo a las autoridades nacionales, sino también a las de la Unión Europea como institución, así como a la OMS (Organización Mundial de la Salud), que están mostrando solamente su cara burocrática e ineficaz, dejando al pairo de decisiones políticas nacionales a quienes deben ser los auténticos orientadores de las medidas a adoptar: los profesionales de la sanidad en concepto amplio, abarcando científicos, médicos, biólogos, farmacéuticos y todo el personal sanitario.
De no ser así, de no ofrecer credibilidad las instituciones, ¿cómo se puede pedir a los ciudadanos -no a la gente, a los ciudadanos- que sean ellos quienes evalúen los síntomas que, en su caso, padecen; no colapsen los centros sanitarios y adopten medidas proporcionadas en el actuar de la vida diaria y el abastecimiento de alimentos?
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