Profesores y COVID-19
Durante los últimos diez días he estado trabajando en el instituto en un contexto contrario a las instrucciones del Ministerio de Sanidad. Las condiciones de los centros lo impedían: carencia de recursos higiénicos y un hacinamiento que hacía inviable que los alumnos guardasen la distancia mínima de seguridad de un metro.
Fui a trabajar con un estado de tos permanente que aún perdura, vinculada, supongo, a mi condición de asmático. Para garantizar la seguridad de mis alumnos me estuve controlando la temperatura dos veces al día, asegurándome así de que no tenía fiebre. Y fui a trabajar, digo, pese a pertenecer a un grupo vulnerable, por un sentido de responsabilidad social, para transmitir al alumnado una sensación de normalidad. Y aproveché mis clases para fomentar y contribuir a la prevención, separando por columnas sus mesas, recordándoles la conveniencia de lavarse las manos, de traer una toalla de casa. Vimos las curvas de evolución del virus, hablamos de la necesidad de aplanar la curva de la epidemia, de no colapsar nuestro sistema sanitario. El jueves, ante lo obvio de la situación, les dije que en caso de que se suspendiesen las clases, estaríamos en contacto a través de las aulas virtuales que usamos habitualmente. Que seguiríamos y desarrollaríamos las clases desde allí. Que buscaríamos la forma de seguir avanzando. Les recordé que ahora, en vez de en la pulsera, era la hora de mostrar el patriotismo a través de la responsabilidad. Que estamos en guerra y que por suerte esta no será de unos contra otros, sino contra un bicho. Les conté que había que restringir nuestros movimientos y quedarnos en casa. Mis alumnos y yo estamos capacitados para mantener la actividad docente en esas circunstancias.
Ante esto, el Gobierno asturiano me dice ¡que tengo que ir al centro a trabajar!, ¡que para preparar clases de refuerzo!, ¡qué no puedo avanzar materia! (vamos, como en Finlandia). Lo hace contraviniendo las recomendaciones del Gobierno de la nación, a saber, la conveniencia de sustituir el trabajo presencial por el telemático.
Y lo hace mostrando a mi modo de ver dos importantes carencias: el sentido de responsabilidad, pues en el caso de que yo u otros compañeros claustrales resultemos infectados durante esta segunda fase como consecuencia de obligarnos a realizar nuestro trabajo presencialmente privándonos de hacerlo alternativamente en nuestras casas, ¿quién o quiénes van a asumir las responsabilidades de diversa índole derivadas de semejantes actos?
La segunda es, ¡oh, sorpresa!, desconocer que desarrollar las actividades educativas exclusivamente en la modalidad de teletrabajo solo se puede mantener si los profesores capacitados para ello se encuentran en sus casas, puesto que los centros no pueden garantizar un equipamiento informático suficiente para hacerlo. Porque sí (¡oh, sorpresa II!), si el sistema educativo está en condiciones de responder telemáticamente es gracias a que muchos de esa pandilla de mangantes (el correligionario Page piensa...) dedicaron recursos privados en la adquisición de equipos y dedicaron tardes y noches al aprendizaje de programas y diseño de actividades en su casa. En esos periodos en los que, inducidos muchas veces por nuestros administradores, todos piensan que nos estamos arrascando la barriga.
Atentamente,
Óscar Corte Sánchez, departamento de Matemáticas del IES Universidad Laboral
Gijón
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