Histeria

16 de Marzo del 2020 - Verónica van Kesteren Valery (Madrid)

Episodio 1: Mercadona

La típica flojera de ir al supermercado que te asalta una bella tarde de viernes es la misma que te lleva a presentir el pago de tu arrogancia el sábado por la mañana. Esa, y unas tres o cuatro autoflagelaciones más, como las que deben estar dándose quienes autorizaron la manifestación del Día de la Mujer el domingo pasado, cruzan las mentes frente a un hecho inédito. Porque tener que elegir el mejor pasillo para hacer la cola hacia una cajera lejana en el horizonte es algo nunca visto en el tiempo que uno lleva a cargo de la logística de aprovisionamiento hogareño.

Como las cabras tiran al monte, si hay que elegir cola para pagar, mejor la del pasillo del alcohol porque promete la seguridad de una alegría imaginada aunque sea solo para sobrellevar las duras semanas que parecen aguardarnos.

Nada más entrar en el emporio valenciano de la alimentación se nota que algo ha cambiado. La ausencia de gente leyendo con paciencia franciscana cada ingrediente de un bote de alcachofas por si contiene alérgenos o gluten resulta reveladora. Tampoco se ven gestos de hidalguía tipo -pase usted con su carrito, señora-, tan importantes para subir la autoestima en una desgreñada mañana de sábado.

A medida que uno se interna en los meandros temáticos de la jungla de anaqueles, comienzan las sorpresas en el pasillo de la limpieza. Quizás el caso más llamativo sea el del papel higiénico, producto que acaba de entrar en la desprestigiada lista de las especies en peligro. Una posible explicación quizás sea la cantidad de venezolanos que vive ahora en Madrid. Porque este gentilicio aprendió hace no mucho que una parte relevante de la dignidad que te arrebata la escasez tiene que ver con el uso de este preciado material de higiene íntima.

Tras el secuestro del papel higiénico comienzas a notar otras ausencias destacables como la masa para las pizzas, el caldo de pollo o de cocido, así como de las cremas de vegetales. De la voracidad carnívora mejor ni hablar, porque a las 9.30 del sábado sólo sobrevivían dos náufragos solitarios en el lineal cárnico: las bandejas de solomillo a veintisiete euros o las de tres filetes de ternera blanca por diez. Se trata de las únicas supervivientes a la hecatombe.

Pero no todo es malo. Sin saber si el asunto se debe al espíritu de la contradicción con el que siempre has coqueteado o si, por el contrario, se trata de un mecanismo de supervivencia psicológica, algunos de los que nadamos en la tensa calma del supermercado optamos por la cámara lenta. Aparcando los carros frente a los sitios arrasados por la llama de la histeria, varios individuos dispersos deciden tomárselo con calma y disfrutar de un espectáculo que podrán contar a sus nietos.

Abandonada la idea de conseguir filetes y ya en slow motion, descubres con emoción que nadie ha reparado en las bondades del jabón de lagarto, una maravilla del mundo profiláctico; así que te pertrechas de dos paquetes para no ser apuntada por la garra de la insolidaridad. También se revelan hechos insospechados como que la gente toma poco caldo de pescado y que las acelgas siguen sin ser una prioridad. Diferente es el caso de los plátanos, fruta que, a decir del sufrido empleado, había desaparecido, pero estaba al llegar.

El pobre empleado todavía tenía puesta la cara de susto tras luchar con las hordas que desde las 8.30 de la madrugada del sábado mantenían el supermercado sitiado. Solo hay que imaginar el pánico de los empleados de Mercadona al ver asomar miles de deditos enguantados por los agujeros de los cierres metálicos a la espera de la ansiada apertura. Todos habrán tenido pesadillas con una legión de zombis hambrientos viniendo a devorarles.

Ya en la siguiente fase de ansiedad, la cola para pagar en el pasillo de las bebidas alcohólicas. Seguro a más de uno le cruzaba por la cabeza la idea de abrir alguna botella para combatir el desasosiego de estar encerrado en casa con la familia las próximas tres semanas. En momentos así, comienzas a pensar en el lado luminoso de ese jefe tirano, en lo entretenido de los chismes de la oficina y en cuánto dan de sí las aventuras en el metro o las copas con los amigos.

Todas esas visiones desaparecen ante la inminencia de la caja. Ya a punto de alcanzar la gloria de esa alfombrilla negra moviéndose en círculos industriales hacia el lector de código de barras, la autoridad de uno con acento italiano corta el silencio. Deleita a los circundantes comentando cuánta insolidaridad puebla los carros. Lo dice apuntando con la barbilla a una señora que se encuentra ya en la fase de guardado y que no halla dónde meter una bandeja de cartón que contenía miles de paquetitos de minichoricitos.

-Se va a morir antes de un infarto -decía con poderío. Algunos hombres con carros semivacíos asentían indignados. Reí en voz alta al pensar en las enfermedades coronarias que nada tienen que ver con el último virus maldito, pero nadie me acompañó. Según parece, ser la portadora de una carro lleno quita autoridad en tales circunstancias. Ninguno se atrevía a toser, solo algún valiente hizo amago de carraspeo. Muy pocos hablaban, pero todos sin excepción parecíamos guiados por un predicador invisible, uno que nos conminaba a todos llenar las despensas.

Nadie habla del segundo caso de VIH que ha conseguido curarse, y eso que hablamos de un virus que se echado al pico a 39 millones de almas. Ya se ve, los mercados son de lo más injusto que hay. La oferta y la demanda, qué se le va a hacer.

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