Los límites de la libertad
El combate contra el coronavirus nos está poniendo a todos a prueba, especialmente al mundo occidental, quizás más al mundo occidental y en especial a Europa. A la Europa que surgió de las cenizas de la barbarie (nazismo, fascismo, estalinismo), porque en ninguna otra parte del mundo, como área geográfica, se tiene consciencia del valor de la libertad y del precio de su pérdida.
España, por el recuerdo de su prolongada dictadura, tiene una especial aversión a cualquier medida que los gobiernos pudieran tomar que afecte a su libertad. En esta batalla ha ido perdiendo protagonismo la definición de los límites de la misma. Por ello no le ha resultado fácil al actual Gobierno promulgar el real decreto ley 7/2020, más propio de regímenes autoritarios, ante el avance imparable del coronavirus y que afecta directamente a las libertades individuales y a la libertad de movimientos, pero que pone el acento en el bien común.
Con los datos de hoy, con el conocimiento científico que ya se tiene del comportamiento de COVID-19 y con lo ocurrido en China e Italia, parece razonable concluir que el Gobierno ha perdido un tiempo de oro por no promulgar el citado real decreto ley con mayor celeridad. Igualmente, es razonable pensar que se cometió un error al permitir las multitudinarias manifestaciones del 8M y así seguiríamos con la cadena de "errores", porque los datos científicos apuntan (y apuntaban) que lo prioritario era y es detener la transmisión, detener el contagio.
China lo ha podido hacer porque, por cultura y modelo político dictatorial, la población está acostumbrada a "obedecer". En ningún otro lugar del mundo se puede construir un hospital en 10 días y cuando se ha ordenado "todo el mundo en casa", el cien por cien de la población ha obedecido. En España y en Europa esto no es posible porque la construcción del modelo social europeo a partir de la II Guerra Mundial (y en España a partir de la muerte del dictador), basado en las libertades, ha costado mucho; priorizando el ámbito de los derechos en detrimento de las obligaciones. Estas últimas solo han sido posibles con severas sanciones y no siempre. Ha fallado la pedagogía. Ha fallado la enseñanza en valores. Ha fallado la cultura de la defensa del bien común. Todo esto es lo que se percibe cuando "Santa Bárbara truena" y, si además de ello, tenemos responsables políticos que no tienen empacho en jalear hacía la desobediencia, pues... apaga y vámonos.
Hace ya unos años, gobernando José Luis R. Zapatero, la DGT, en el ámbito de sus acertadísimas campañas contra los accidentes mortales en las carreteras, llenó estas de carteles instando a la población a no conducir si se bebía. El expresidente de Gobierno José María Aznar, haciendo gala de la chulería a que nos tenía (y nos tiene) acostumbrados espetó: "¿Quién te ha dicho a ti las copas de vino que yo tengo o no que beber?, deja que me beba las que yo quiera tranquilamente". Este mismo personaje, momentos después de que el Gobierno decretara el estado de alarma en España, el pasado viernes, que implicaba, entre otras cosas, que nos quedáramos en casa, se dijo a sí mismo que esto no va con él y en compañía de su esposa se trasladó de Madrid a Marbella a disfrutar del buen tiempo. ¿Qué fuerza moral tiene el Gobierno para recriminar a los miles de ciudadanos madrileños que han hecho lo mismo que su expresidente, contribuyendo con ello a dificultar más la contención de la pandemia?
Marcelo Noboa Fiallo
Málaga, 16 de marzo de 2020 (tercer día de confinamiento)
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