Que no nos vuelvan a engañar
Metidos en plena alarma (espero que tenga sentido este calvario), toca analizar cómo hemos llegado hasta aquí y en qué condiciones.
Nos ha costado convencernos de que el virus era algo serio, pues desde las propias autoridades sanitarias se consideraba que era poco más que una gripe invernal, aunque más contagiosa. Las cifras de muertos que daban los medios, comparando los 6.000 por gripe del pasado año en España, quitaban dramatismo a lo que estaba ocurriendo.
Pero en pocos días hemos entrado en pánico sin explicación, los científicos, el Gobierno y la ciudadanía arrasando los súper en una histeria de llevarnos para casa lo que no vamos a gastar en un año y en parada psicosocial por el cierre de bares, suspender el fútbol y prohibirnos salir a la calle. Lo más parecido a un estado de excepción.
Sumando la incertidumbre y preocupación por el empleo, principalmente el estable, que da seguridad económica a los hogares y garantiza el disminuido estado de bienestar. Los precarios y temporales están más habituados a entrar y salir del mercado laboral y a vivir bajo el paraguas del entorno familiar. Estamos jugando con fuego, ojalá no nos quememos todos y se solucione con las medidas económicas (importantes) del Gobierno.
Pero hay algo que esta crisis está dejando muy claro. El sistema público es fundamental en un estado moderno, pese a quien pese, amenazado posiblemente en el futuro por nuevos riesgos bacteriológicos y financieros, con la plena intervención ya de los fondos especulativos sin cara ni alma.
La sanidad pública, a pesar del esfuerzo de los profesionales, muestra rasguños serios por las políticas de recortes y privatizaciones practicadas por los apóstoles del neoliberalismo. La atención a la dependencia, imprescindible en una sociedad envejecida, y la protección social no están a la altura ni mucho menos de lo que se necesita. Lo que ocurre con las residencias de mayores privadas, objeto de negocio, es un escándalo. La educación pública, principalmente en las edades donde la infancia depende del cuidado de sus progenitores, presenta carencias. Nuevamente las pensiones de los mayores pasan a ser el colchón fundamental para sostener el consumo y proteger a los descendientes, víctimas de la pérdida del puesto de trabajo.
Por eso, que sirva de lección lo que está ocurriendo. Que no nos vuelvan a engañar como en 2008 con la quiebra bancaria. La salida debe ser muy diferente y pactada con los ciudadanos, auténticos sufridores de estas crisis.
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