La muerte en tiempos del coronavirus
“Cuando el refugiado de guerra antillano Jeremiah de Saint-Amour se suicida con un sahumerio de cianuro de oro, el doctor Juvenal Urbino atiende su caso y se asombra al saber que es el primer suicidio, en muchos años, no llevado a cabo por razones tan justificadas como el amor. Esa misma tarde el doctor Juvenal Urbino muere, tratando de alcanzar a su única mascota (un loro) y deja viuda a su amada esposa Fermina Daza. Al final del funeral, mientras Fermina está cerrando la puerta de su casa ve a Florentino Ariza, un espíritu del pasado que ahora arrastra consigo la promesa de un amor que él ha profesado, y así en un momento de inspiración le reitera su promesa de amor que ha cumplido durante cincuenta y un años, nueve meses y cuatro días”. “El amor en los tiempos del cólera" (Gabriel García Márquez, 1985).
Siempre he leído las novelas de García Márquez con los ojos “como platos” y a veces de un tirón. No hay otro escritor que me haya puesto en una disposición tan parecida a un niño cuando descubre el placer de la lectura.
La muerte está presente en todas las novelas del Premio Nobel de Literatura, pero sus “muertes” forman parte del “realismo mágico” que nos ha “embobado” a varias generaciones desde que apareció “Cien años de soledad”. Sin embargo, la Parca que recorre estos días nuestro mundo globalizado de la mano del coronavirus viene acompañada de la peor bofetada que puede recibir un ser humano en su tradición cultural, en sus sentimientos, en su sentido de pertenencia, en su humanidad y que es la muerte en soledad. Irse sin despedirse, sin sentir el cariño de los suyos, sin sentir la mano de quien le acompañó toda la vida, es lo más duro que está ocurriendo en estos días.
Confinados como estamos en nuestras casas, recibiendo información minuto a minuto, contando contagiados y muertos, tantos como empresas que cierran y trabajadores despedidos, ucis desbordadas y personal sanitario al borde del colapso, se nos había olvidado del tránsito de la vida a la muerte que es solo nuestro; del que se va y de sus familiares y amigos más íntimos, en cuya intimidad nadie puede entrar porque es el contacto de una mano o la última sonrisa lo que se lleva el que ya no estará más con los suyos.
Esta “deshumanización” del último adiós que nos ha traído el puto coronavirus ha quedado cruelmente reflejada en la caravana de camiones del ejército en las carreteras italianas, de ciudadanos que no han podido despedirse de los suyos, en busca de algún cementerio que no esté colapsado para mayor crueldad.
Málaga, 23 de marzo de 2020 (noveno día de confinamiento).
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