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Y no lo sabíamos...

23 de Marzo del 2020 - Bárbara Hernández Nicolás (Oviedo)

Éramos libres y no lo sabíamos. Ahora, recluidos en casa, anhelamos estar fuera, sentir el aire de las montañas o la brisa pegajosa de la costa. Nos vienen recuerdos del verano, de esas caminatas bajo un sol de julio que calentaba demasiado o de los besos con sabor a sal de playas desiertas.

Estábamos ciegos y no lo sabíamos. Cientos de personas pasaban a nuestro lado por las calles, rozando nuestro hombro sin tan siquiera disculparse. Personas que no volveremos a ver más en la vida o, al menos, no conscientemente. Ahora, nos asomamos cada noche a las ventanas de nuestros edificios y saludamos a nuestros vecinos tras aplaudir a algo que es más grande que nosotros. Incluso antes de cerrar las persianas les deseamos las buenas noches.

Éramos egoístas y no lo sabíamos. Egoístas por no valorar lo suficiente la importancia de la familia, de esas personas que siempre están ahí para nosotros, para cuidarnos y para rescatarnos cuando estamos en problemas. Ahora, protegemos a nuestros mayores, nos preocupamos por los nuestros, hacemos más cosas juntos y las videollamadas se convierten en una forma de decir “Me importas”.

Éramos afortunados y no lo sabíamos. Afortunados por poder ir donde quisiéramos cuando quisiéramos, de poder disfrutar esa cerveza en una terraza al sol o de sentir esos nervios antes de subir a un avión que te llevara a un lugar con el que llevas soñando desde que eres una adolescente. Afortunados también por poder estar cerca de nuestros amigos y, sobre todo, de esas parejas a las que se hace tan cuesta arriba no poder ver.

Éramos solidarios y no lo sabíamos. A pesar de que estos días la vida nos está poniendo a prueba, está saliendo la faceta del ser humano que, en ocasiones, se nos olvida. Y hay muchas formas de ayudar, no solo los aplausos que tiñen los atardeceres, sino los “Si necesitas desahogarte, llámame”, los miles de iniciativas que están surgiendo en las redes, los voluntarios que les llevan la compra a algunas personas mayores que no pueden desplazarse, las cartas a los enfermos que tienen que estar solos en los hospitales... y podría seguir. Pero, sobre todo, solidarios por quedarnos en casa, por no poner en peligro a los demás y por compartir la responsabilidad.

Estábamos cansados y no lo sabíamos. Porque a veces no hay nada mejor que bajar el ritmo para que nos demos cuenta de que íbamos demasiado deprisa; tanto, que los frenos nos iban a fallar y nos íbamos a estrellar; tanto, que nos olvidábamos de lo importante, de vivir, de soñar, de volver a ser un poco esos niños que construían fuertes a prueba de balas.

Éramos creativos y no lo sabíamos. Creatividad que surge de todo, no solo de la cantidad de actividades que hagamos en el día, sino de cómo aprovechamos el tiempo que, ahora, nos ha surgido como un regalo de Navidad atrasado. Y, no nos engañemos, aprovechar el tiempo también es dormir hasta tarde.

Éramos ricos y no lo sabíamos. Ricos por poder estar en un planeta que nos permite vivir, crecer y morir. Un planeta que ahora agradece nuestro sacrificio, que nos estaba avisando de que nos calmáramos, y hasta ahora lo habíamos ignorado.

Puede que cuando acabe esto no seamos muy diferentes del punto de partida, lo que sí que es cierto es que no seremos los mismos. Las experiencias nos modifican irremediablemente, nos reajustan, nos hacen plantearnos hacia dónde estábamos yendo. Ahora, cuando podamos volver a ser libres, valoraremos esa libertad como un pez que, tras escaparse del anzuelo que le había atrapado, nada con más fuerza, con más ganas. Puede que no seamos muy diferentes, no, pero ojalá cojamos todo lo bueno que hemos aprendido y realmente valoremos que el tiempo al que llamamos vida es un regalo y que las personas a las que queremos y nos quieren son lo que nos vamos a encontrar dentro de él.

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