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Las dos Españas del coronavirus

25 de Marzo del 2020 - Francisco Lozano Sanz (Cangas de Onís)

Amanece –que es mucho–. El cielo está gris, con húmedas brumas de una mañana en tránsito hacia la primavera.

Ya he hecho la cama, desayunado, escuchado el monotema de la teletonta española... nada nuevo... El ordenador me grita: “¿Es que no vas a venir, cuánto vas a tardar... que hay que empezar a grabar el programa de radio... El bues espera...?

“Outside my window, rain fallin’ down. Call for my woman, no-where around.

I hear laughter, outside in the hall. Outside my window, I see nothing at all

How long, I wonder, can this go on? I had it all, now it is gone.

Feel so lonely, here with the blues. I never knew I had so much to lose”.

Y... sí... Estoy solo, llevo casi catorce días solo sin que nadie me toque, me roce... Miro a través de la ventana y no llueve: solo las habituales nieblas matutinas de este valle. He llamado a mi güoman pero está a 500 km. No hay nadie en este pequeño piso de 60 m, ni risas ni gritos infantiles... solo mi pesada humanidad enfrentada al ordenador. Sad blues... ¡No... alegre blues... música para enjuagar la tristeza de la absoluta soledad de esta solitaria casa en que vivo solo... con el blues!

Me cuesta creer que regresé de Pirineos ¿Hace ya tantos días? No, es que este arresto domiciliario que nos han impuesto se hace duro.

El miércoles salía de la frutería... en una de mis fugaces escapadas diarias de diez minutos a: la panadería, la frutería, la farmacia, tirar la basura... Y veo a la Policía Municipal plantada –no sé si interrogando o reprobando– ante una señora con su perro. Es habitual ver al vehículo de la Guardia Civil, a la Policía Municipal... patrullando por la calle/travesía más transitada del pueblo. Hace unos días salía de la panadería y... de nuevo el coche policial. Se para y se baja un agente que se acerca a dos ciudadanos que caminan por la acera... Estos les enseñan la compra... No hay reprimenda.

Hace unos minutos escucho en la teletonta una noticia de Euronews: en Alemania han surgido las críticas sobre el control policial de los teléfonos móviles para saber dónde están los ciudadanos y si están respetando la normativa dictada. Me preocupo... mi pueblo y la Policía plantada delante de una señora con perro que va sola por la calle... ¿Estamos en el gueto de Varsovia? ¿Es la Gestapo quienes hacen el control ciudadano? En algunos lugares... revisan la bolsa de la compra para ver si llevas productos alimenticios o es una excusa para salir de casa.

Hace unos días veo con honda preocupación en la tele... esa, a unas señoras que desde lo alto de su terraza gritan e insultan a una joven que circulaba por la acera con un carrito y un bebé. ¿Sabían esas señoras del Santo Oficio si la mamá llevaba a su niño al pediatra... o a casa de los abuelos para que se hagan cargo de él mientras ella tiene que trabajar... quizá en el hospital?

Hemos visto todos cómo hace una semana unos policías detenían con malos modos a un ciudadano que iba por la calle solo. Un policía en cuestión le gritaba al ciudadano, tirado en el suelo: “¡¡¡Qué haces... es que no sabes que está muriendo gente!!!” Más preocupación.

Hace unos minutos... me dicen: el Ayuntamiento de cierta localidad altoaragonesa dicta que solo se puede pasear a los perros hasta 300 m de las afueras del pueblo. Me imagino que habrá que conectar el GPS del teléfono móvil –quien lo sepa manejar– para saber si has traspasado la frontera de la sanción. En la misma localidad hay que llevar el ticket de compra –me lo acaban de comunicar– por si te paran y llevas varias horas paseando desde la tienda a tu casa. Todo esto sin que haya una norma sancionadora específica acompañando al decreto de alarma.

Aún no se ha derogado la Ley de Seguridad Ciudadana. Continúa vigente la prisión permanente revisable –cadena perpetua... para entendernos–. Las penas de prisión y las reformas legales que hemos sufrido en los últimos años han aumentado las penas de cárcel.

¿Se va a utilizar el miedo de la población para reprimir más las libertades?

Nuestra sufrida: sociedad, nación, patria... ha sido habitual territorio donde han arrasado nuestras libertades: monarcas absolutistas, dictadores, políticos cortijeros y altos cargos de las administraciones con tendencias al palo largo y la mano dura. Solo nos faltaba que el miedo de una población poco y no siempre bien informada sirviese de campos de cultivo de autoritarismos liberticidas.

La niebla se ha disipado... luce un sol que invita a... ¡coger la bici... ir a la playa de La Vega... que no suele haber nadie! ¡Subir al monte... con los prismáticos y observar cómo hace semanas que han llegado de África aves invernantes de paso hacia el norte de Europa! Pero... no, no puedo ir solo. Ni playa, ni pájaros, ni paseos románticos a la vera del Sella o del Güeña... me pueden parar, soltar el discurso y multar. Sin embargo, hay algo que no entiendo... Ayer hablaba con Estrella, que vive en un pueblo en que he pasado muchas semanas, a 40 km de Madrid. Va todos los días a trabajar y me cuenta que, al haber tan solo el 50% de trenes de cercanías, los vagones van más llenos de gente “apretujá” y “amontoná”. Coger los autobuses es igual o peor. Hacinamiento en los transportes públicos en el epicentro de la pandemia... ¿Y han tomado una medida de que no puedan ir dos personas en un coche? ¿No pueden pasear dos personas juntas por la calle, río, playa?

Me llama mi amiga Isabella y me dice que sus padres –que viven en un piso de una pequeña ciudad de provincia– no pueden ir a la casa que tienen en el campo, lejos de la urbe, sin viviendas próximas. En ella, él cultiva el huerto, ella hace mil cosas, cuidan a los nietos –que no tienen cole–. Están solos rodeados de naturaleza, belleza y sin contacto con vecinos... aislados del COVID-19. Pero... no, no pueden ir dos en el coche y no pueden salir, tienen que estar en el piso de su ciudad rodeados de posibles transmisores del virus para que puedan infectarse. Ellos que son mayores y tienen más riesgo. No lo entiendo.

Me debato en reflexiones filosóficas y sociológicas para intentar comprender cómo somos, qué motiva nuestros comportamientos sociales... y zozobro... en esta Odisea mediterránea que es nuestra cultura grecorromana y judeocristiana. Quizá es que llevo demasiados días sin ver a nadie... nadie me abraza, me besa, ni tan siquiera me roza. Sin discutir con nadie –eso sí que lo echo de menos–.

En mis diez minutos diarios de libertad: panadera, frutera, farmacéutica, procuro no toser pues... ¡Encima ahora la alergia de todos los años al polen... lo que me faltaba!... Como me vean estornudar... a lo peor me apalean para “matar al bicho” que, suponen, llevo dentro. No, no es broma... al paso que vamos... acabaremos como en la Edad Media. A los leprosos los obligaban a llevar una campanilla para anunciar su presencia cuando llegaban a las poblaciones. Algunos niños y vecinos les tiraban piedras y los conminaban a irse del pueblo, cuando el “leproso” lo que tenía era una dermatitis de contacto o psoriasis... Cuando la peste asoló Eurasia en el siglo XIV, ante la sospecha de estar apestados, tapiaban puertas y ventanas de la casa de los supuestos para que muriesen dentro.

Ayer me llama un amigo que vive a mil kilómetros de mi casa. Él es agente de la autoridad y trabaja en un Espacio Natural Protegido.

Vio un coche aparcado a la entrada del centro de interpretación del Espacio Natural Protegido. Tenía un papel que rezaba: Averiado". Él, mi amigo, “que sabe más por viejo que por diablo”, sigue sus rastros, huellas y... los encuentra en un observatorio de madera –de los que hay exprofeso para observar aves–. Y... allí estaban los buenos ciudadanos, bebiendo cervezas y de cachondeo. Habían saltado la valla –que estaba cerrada– del centro de interpretación y... de jarana.

Continúa mi amigo contándome...

En una pista asfaltada en pleno campo y monte –ni tan siquiera es “carretera”– coincide con un ciclista que va solo en bici. Nada extraño, pero mi colega... discretamente le sigue. Al final encuentra a varios comprometidos y cívicos ciudadanos en bici que, para eludir prohibiciones, salen separados uno por uno, se juntan todos en un punto no controlado por las diferentes policías y... se montan –amontonáus– la merienda, cachondeo y compadreos varios.

En esa misma carretera de los probos y comprometidos ciudadanos en bici... hay un pueblo abandonado –lo conozco, pasé en él alguno de los mejores momentos de mi vida–. Está deshabitado, pero... el suelo es público –lo “gestiona”, es un decir, la Comunidad Autónoma–. Muchas casas están cerradas, pero no derruidas. Hasta no hace mucho tiempo iban sus antiguos pobladores en Navidad para recuperar sentimientos y vivencias del pasado. Bien... pues... aprovechando la situación... un grupo de ciudadanos han okupado varias de las viviendas que estaban cerradas pero en buen estado.

Mis planteamientos, enfados y preocupación por las medidas de control –y represivas– de los gobiernos (Estado, autonómicos, municipales) se tambalean.

No es tan simple como mi planteamiento inicial...

Sí, es cierto, los políticos no han estado a la altura. No vieron venir al toro –no quisieron verlo, pues indicios había de sobra– y este nos ha pillado.

Algunos políticos muy patriotas y... oportunistas ven la paja en el ojo ajeno y no al Óscar Smith en el propio. Del President de la Generalitat mejor no decir nada: él solo se descalifica cada vez que habla.

Este país que es tan proclive –históricamente lo ha sido– a utilizar más el palo que la zanahoria... lo describió perfectamente Machado: “Las dos Españas”.

Una que es solidaria, que se esfuerza, que se sacrifica y es muy sensible al dolor ajeno... convive simbióticamene con la otra España: la del ciudadano incívico, pícaro, jeta, insolidario, oportunista... de la cual ha surgido –voto mediante– una clase política torpe e incompetente que no sabe, no está, no da pie con bolo... Y así nos va.

No puedo hacer un epílogo, estimados lectores. Necesito vuestras opiniones... pues las aportaciones de otros clarifican y escampan mi zozobra, y la que ha creado esta pandemia... de comportamientos ciudadanos. Las cosas no son como yo pensaba –hasta la llamada del amigo gran profesional–. No sé con cuál de la dos Españas quedarme y “ha de helarme el corazón”.

Creo que Machado –y Gila... recuerden sus geniales chistes de humor negro y crítica social– continúa vigente... pero... hemos de ser positivos... Y hay que seguir caminando –de la mano, hombro con hombre– pues... “se hace camino al andar”.

Les dejo... Voy a callar las críticas de mi ordeñador... que ya me tiene frito.

La taza de té está vacía. La luminosa y soleada mañana avanza, invita a salir... a pasear... la playa... las aves... el arrullo y remanso de la confluencia del Güeña en el Sella... ¡Qué pena... no puedo... no debo...!

“Feel so lonely, here with the blues”. ¿Me acompañáis?

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