El yoga, una asignatura pendiente
En estos días de confinamiento he descubierto, gracias a mi hija Amaya y a su profesor, Fermín Suárez, una materia que debería ser obligatoria en las escuelas. El yoga reúne, en sus dos facetas, teórica y práctica, el mejor ejercicio posible, física, mental y espiritualmente.
Físico, porque obliga a mover todos los músculos del cuerpo; mental, porque ayuda a concentrarse, y espiritual, porque supone un permanente ejercicio de introspección, de conocimiento de uno mismo.
Con el yoga también se aprende a respirar adecuadamente, a relajarse y a meditar, factores todos ellos que contribuyen a mejorarnos sustancialmente.
Según he podido leer en algunos textos, el yoga es también una mezcla de ciencia y filosofía, y en estos tiempos de urgencias y de estrés ayuda a relajar las tensiones, la ansiedad y otros males producto de la época que nos ha tocado vivir.
Yo todavía me encuentro en una primerísima fase del conocimiento teórico de una disciplina de alcance global que no había sido suficientemente valorada y que es ahora cuando está adquiriendo su verdadera dimensión.
Ayer asistí a la primera clase, impartida por mi hija, de nociones muy generales sobre un mundo fascinante, totalmente nuevo para mí, a pesar de que sus orígenes se remonten a varios siglos antes de Cristo. No sé cuánto avanzaré porque soy absolutamente indisciplinado, pero debo reconocer que es una materia sumamente interesante, con infinidad de variantes, que se puede practicar en cualquier lugar en el mínimo espacio. Solo hace falta impulso, decisión y buenos maestros.
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