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Algo tiene que cambiar

26 de Marzo del 2020 - José María W. Gómez (Gijón)

Estamos atravesando una época que ni en nuestras peores pesadillas la podíamos imaginar. Encerrados en casa sin ver a la familia, no poder caminar, sin beber en los bares con amigos, sin trabajar salvo si eres imprescindible; en definitiva, no poder hacer una vida “normal”. No puedo pensar cómo se arreglarán los que no tienen recursos suficientes o viviendas confortables.

Y lo hemos asumido más por miedo creo que por espíritu cívico, porque el bombardeo de los medios ha sido (y es) agobiante, aunque quizá sea la única manera de confinarnos, en un ejercicio surrealista porque no sabemos realmente lo que pasa con este apestoso virus surgido de la nada (salvo lo que nos cuentan) y que según las estadísticas arrasa con la gente mayor –precisamente los que están encerrados– en unas condiciones de muerte indigna, clandestinos, sin poder despedirse de los suyos. Un final inmerecido para unas generaciones que lo han dado todo por sacar adelante a sus familias y el país, tras una guerra cruel e innecesaria.

Algo tiene que cambiar después de este “tsunami”; refundar un Estado social de verdad, para que atienda todas las necesidades básicas de la población sin dejar a nadie fuera, poder vivir dignamente con los hijos y darles de comer todos los días, tener una educación solvente, una atención sanitaria de calidad, ir de vacaciones una vez al año (solo lo puede hacer media España). No puede consentirse el reparto de dividendos, jubilaciones millonarias, mansiones de lujo, mientras la cuarta parte de la población no puede calentarse en invierno ni comer sano todos los días y el mismo porcentaje de pensionistas cobra por debajo de seiscientos euros.

Debe revisarse lo que hacemos con nuestros mayores, no pueden estar “depositados” en centros con escasos medios de cuidado a su salud –delicada–, tener más lugares de esparcimiento y los profesionales que los cuidan bien pagados. Y para aquellos que deciden estar atendidos en sus viviendas, unas prestaciones suficientes que no lo conviertan en un sacrificio personal y económico para quienes lo hacen.

Pero para todo esto no tenemos representantes políticos a la altura de las circunstancias, porque lo poco que oí ayer en el Parlamento para prorrogar el estado de alerta daba urticaria. En una situación excepcional, imprevista, desbordante, acusar de mala gestión sin saber cuándo y cómo va a acabar la pandemia es mezquino y no pensar primero en qué aportar para salir cuanto antes de este túnel.

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