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El mañana era hoy

27 de Marzo del 2020 - Lorena Guas García (Madrid)

Veo con estupor la foto que una amiga envía por Whatsapp. Su comunidad de vecinos insta a denunciar a dos vecinas que no salen al balcón a aplaudir pero sacan a sus perros tres veces al día. Como era de esperar, el lenguaje belicista que se está utilizando por parte del Gobierno ya está dando sus frutos.

Se habla de solidaridad ciudadana más que nunca, pero como en cualquier conflicto esa solidaridad se torna desconfianza y recelo cuando una persona no sigue al rebaño. La consecuencia de hablar de guerras y luchas es el efecto que provoca en gente encerrada, que solo está teniendo información a través de los medios. Medios que no están siendo nada críticos con el lenguaje utilizado, sino todo lo contrario, lo han adoptado de un modo casi autómata.

Nuestra sociedad está teniendo otra gran crisis que ya se estaba gestando hace mucho tiempo. Como ya aseguraba Susan Sontag en su libro “La enfermedad y sus metáforas”, “las metáforas que hemos impuesto denotan las vastas deficiencias de nuestra cultura, la falta de profundidad en nuestro modo de encarar la muerte, nuestras angustias en materia sentimental, nuestra negligencia y nuestros problemas de crecimiento”.

Esa gran crisis viene dada por la carencia humanística que sufre actualmente nuestro sistema educativo, donde prima la productividad, el éxito social, la integración con calzador en una sociedad que evita por todos los medios hablar de sufrimiento, tristeza o fracaso. Incluso ahora mismo estamos viviendo algo completamente fantasmal, nadie llora en las redes sociales, solo vemos tablas de ejercicios, música para bailar, platos preciosos que prepara con nuestros hijos, o manualidades para distraer la mente. ¿Tanto duele pararse a reflexionar? Hemos perdido una de las cosas más valiosas de nuestra cultura europea, la memoria y la reflexión. En realidad, debimos darnos cuenta de que algo fallaba en esta nueva Europa cuando la unión se basaba en economía. Una Europa que nunca ha mirado a la cara a los pueblos tampoco va a hacerlo ahora, estando débiles y agonizantes. Europa seguirá enarbolando una bandera impoluta donde las estrellas, como en el cine, son pura ilusión.

Ayer mi hija de 4 años miraba un libro de grabados medievales que me arrebata de vez en cuando. Me preguntó si la muerte era como en esos dibujos, le contesté que yo no lo sabía. Entonces ella me sugirió que quizá fuera invisible. Sí, Miranda, la peor muerte es la ignorancia.

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