Histeria Episodio 2: El Tiempo mejor perdido
Consolidado el papel de los padres como los Darth Vader del hogar gracias al confinamiento, solo queda reírse imaginando a nuestros hijos al escuchar la famosa “Marcha imperial” cada vez que los padres insisten en lo obvio: “Báñate, que llevas ya dos días y hueles a tigre” o “¿Te has lavado las manos antes de ... cualquier cosa?”.
En circunstancias normales esos intolerables sííííes acompañados de un blanqueo de ojos serían objeto de fuertes reprimendas, pero en arresto domiciliario todo cambia. El primer efecto notable es que vas perdiendo la noción de los días. Ya no sabes cuándo le dijiste qué a quién. Menos mal que el virus no nos ha quitado aún la noche y el día, pero, sobre todo, no hay que dejarle que nos quite la sonrisa.
Porque si no queda otra que echar mano de la mal llamada autoayuda, también es cierto que menos mal que la pandemia nos ha pillado con Whatsapp e internet. Solo hay que imaginar un día sin memes que te saquen las lágrimas de la risa o sin tutorials para hacer casi cualquier cosa, para estar rápidamente conformes siempre nadie en la familia está afectado (cosa crecientemente difícil).
Pero incluso para quienes tienen la angustia de alguien cercano en situación crítica. Esos mensajes de voz o Whatsapp que los médicos envían a las familias afectadas no tienen precio y no habrían sido posibles apenas unos pocos años atrás. Los mensajes son estratégicos para transmitir información a y entre miles de personas en todo el Globo que están viviendo en primera persona del plural este infierno; y a coste casi cero. Para algunos nada sustituye a lo presencial, pero para otros todo es más fácil si están ausentes. Hay que buscar consuelos debajo de las piedras, sobre todo porque no nos queda otra.
La autoayuda no necesariamente es leerse un libro que te dé recetas descafeinadas sobre cómo pasar de cajera de supermercado a diputada del Parlamento con piscina ibicenca. Las recetas individuales del mal llamado “éxito” pocas veces son replicables porque nadie tiene las mismas circunstancias ni reacciona igual ante ellas.
Además, si algo va quedando claro a los ciudadanos planetarios es que la práctica totalidad de las clases políticas de todos los países, casi sin excepciones, no han estado ni siquiera cerca de la altura que les han exigido las circunstancias. Solo hay que ver la irresponsabilidad del sociopática de Johnson o de AMLO, pero hay ejemplos en España también. A la hora de tomar decisiones duras e impopulares la capacidad de los políticos para arremangarse ha sido tendente a nula.
Su impunidad es directamente proporcional a la libertad con que les hemos permitido actuar en nuestro nombre a cambio de un voto. Así que como creamos que ellos van a resolvernos el problema, lo llevamos claro. Se trata de una crisis que, si desde el principio hubiera estado en manos de técnicos, no nos habría traído hasta aquí.
La autoayuda son miles de miguitas dejadas allí por la mente y, sobre todo, por los socorridos sentimientos. Pequeñas fórmulas de cajita de música alojadas en las comisuras de los buenos recuerdos que pones en marcha para aferrarte a la vida.
En estas circunstancias excepcionales que a ninguna humanidad precedente le han tocado vivir, las victorias de cada día pueden aguardarte haciendo la cama, depilándote las piernas o maquillándote para estar guapa para ti misma y para nadie más. Echarse perfume, aunque nadie salvo tú o tus hijos vayan a olerte, es más necesario que nunca. Hay que afeitarse la barba y ponerse gomina si hace falta.
Pero también es un momento perfecto para no hacer nada. Hay que preguntarse cuántas veces en momentos de mucho estrés hemos pedido al mundo que deje de girar, que todo se pare. Pues ese momento ha llegado. Así que ¿qué vamos a hacer con este tiempo vivo que nos han regalado?, ¿qué haremos con este paréntesis que los murciélagos comestibles nos han dejado sin enterarse?
El arresto domiciliario es una bofetada en la cara por todo lo obvio, pero también nos quita coartadas muy socorridas para no hacer determinadas cosas por falta tiempo. ¿Qué te impide coser ese dobladillo mientras ves la octava serie del día? ¿Qué te impide decirles a tus hijos que les quieres preparándoles una comida esmerada?
Pues eso, a perfumarse, a lavarse los dientes durante 10 minutos, a leer ese libro que lleva meses aguantando polvo sobre polvo. Si puedes permitírtelo, aprovecha el parón y dedica partes del día a no hacer nada, a pensar en las musarañas, a averiguar cómo es realmente el demonio de Tasmania o por qué a Plutón le degradaron a no-planeta y luego le ascendieron de nuevo al Olimpo planetario. Esperemos que no haya otra oportunidad para comprobarlo, pero, sobre todo, adquiramos el sano hábito de rascarnos la barriga sin que nos duela la conciencia; de perder el tiempo, que es como decía el gran Mayorca, profesor de criminología, el “tiempo mejor perdido”.
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