Cuando las cosas vienen mal dadas
Cuando las cosas vienen mal dadas, salen a escena los benefactores de la causa que, sin pedirnos permiso, van cerrando poco a poco la luz del diafragma hasta dejarnos un panorama siniestro y desolador: el mundo de las tinieblas y la oscuridad. Y en esas están día tras día, columna tras columna, impregnando a la sociedad de suciedad, en hacer del coronavirus un elemento aún más inquietante; por si no tuviéramos bastante con su propia naturaleza destructiva, que, en cierta medida, no deja de ser la nuestra, la de la humanidad en su conjunto.
Faltaría a la verdad si no dijera que la gestión de esta crisis es manifiestamente mejorable, pero no cerrando el objetivo sobre el Gobierno de España exclusivamente, que sigue siendo muy tentador para cierta clase política continuamente instalada en la ciénaga del cuanto peor, mejor. Algún reproche habrá que hacer a la gestión de las comunidades autónomas y al intento de privatizar la sanidad, no culminado en su totalidad gracias a la Plataforma Por la Defensa de la Sanidad Pública con el apoyo de una parte de la ciudadanía, cuyo concurso y compromiso social evita que los aplausos de hoy suenen a marcha fúnebre sin consuelo ni esperanza. Que un tercio del total de contagios se produzca en la comunidad de Madrid, algo querrá decir al margen de la densidad de población y la cifra de visitas. Que precisamente haya sido Madrid donde con más virulencia la derecha española intentó la privatización de hospitales, algo querrá decir. Igual que los recortes draconianos en Sanidad y Educación, principalmente, dan cierta explicación al dolor de unas cifras que hablan por sí solas del drama. Y no entremos en ese mundo desalmado de la compra y venta de voluntades propiciado por las puertas giratorias, ni en el rescate bancario que solo trajo miseria, pobreza e injusticia. Nos llevaría muy lejos.
Pero no, la causa de nuestros males la tienen las manifestaciones feministas y, según el obispo de Cuernavaca, aunque, más tarde matice sus palabras, el jugar a ser ...l, la eutanasia, el aborto y la homosexualidad, no vaya a ser que se nos olvide algo en el paquete integrado que define, este sí, una ideología de género: de género tonto. ¿Alguna vez la jerarquía eclesiástica se dará cuenta de que el miedo no propicia atracción, sino que crea repulsa? ¿Que el argumento es más eficaz que el dogma? Me temo que no, para eso habría que profundizar más, desde los seminarios, en aquellas disciplinas humanistas relacionadas con la caridad y la calidad del sentimiento humano y, sobre todo, desechar la liturgia del Dios vengativo. Para ese menester, al hombre no le hace falta ningún concurso divino.
De nada sirve que el Gobierno justifique la compra de los test del coronavirus, que más tarde se demostraron defectuosos, bajo el amparo de la homologación europea, si se niega a revelar el origen de la compra. Queremos y tenemos derecho a saber la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Se queda pequeña la premisa del juramento o promesa ante una situación de tal alcance trágico. Como también deberían ser suficientes, para no echar más leña al fuego, los argumentos que demuestran que el pecado de la manifestación del día 8, es venial comparado con otros actos infinitamente más multitudinarios acaecidos el mismo día. Como también deberíamos pensar mucho más en las personas doblemente damnificadas –pagar por un servicio público esencial desabastecido y padecer el contagio–, que en nuestras propias fobias e intereses inconfesables.
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