El timo de los test
Que después de catorce días de confinamiento todavía estemos en estas, sin material de protección para el personal que lucha por controlar la pandemia a costa de su vida, es mucho para las personas de a pie que no se fían de la catastrófica gestión del Gobierno sobre este azote humanitario, y que nuestros héroes sanitarios, cuidadores y fuerzas armadas se estén jugando la vida en los hospitales, residencias de ancianos, en la calle, y que aún no se vea ni atisbos de cordura de un desgobierno tal, que no se sabe a día de hoy quién dirige esta catástrofe humana: 47 millones recluidos en sus casas durante catorce días ya, y para seguir otros tantos, viendo las cifras alarmantes de las televisiones, periódicos y con sospechas de que se ocultan datos de los contagiados, que son muchos más, pues no se conocen por falta de test y porque los que se han encargado o se han comprado parecen de saldo por defectuosos –no se percataron de la fiabilidad y se compraron a empresas con pocas garantías–, no homologados, sin permiso de venta o material que el mismo prospecto decía que no eran muy fiables. Y pregunto: ¿quiénes son los que los compraron?, ¿pero con el número de asesores ministeriales tan difícil es poner lógica y cordura? Esto me viene al recordar con lágrimas casi en los ojos y por la impotencia de ver calles vacías a través de la ventana y aplaudir a las ocho de la tarde hasta rabiar al personal que está en el frente, impotente ante la muerte que le acecha. Con esto viene a mi mente “Las aventuras de Pepe Gotera y Otilio”, aquellos tebeos que nos hacían reír de las ocurrencias tontas que tenían para solucionar problemas. ¡Señores, que estamos jugando con muchas vidas humanas!, y parece un circo sin orden ni director.
Dicen que nos van a devolver el dinero de 650.000 test o canjearlos por unos auténticos, pero como se pagaron por anticipado como es obligatorio para obtenerlos, lo más posible es que hayan caído en un timo por improvisación y el dinero no lo vean más, pero eso tampoco lo van contar –mejor no decir nada y mentir, como es su costumbre–. ¡Anda, que para este viaje ya van bien servidos! Que esto va a pasar cuando Dios quiera con la fuerza y coraje de la ciudadanía. No dudo de su voluntad de solucionar el problema y los veo muy preocupados, y sí que observo desorden y desconcierto, lo que me crea mucha inquietud e incertidumbre, pero sé que lo sacaremos entre todos adelante tarde, mal y con muchas muertes. Luego el pueblo deberá exigir responsabilidades a quien las tenga, y no echen culpa al pangolín, que aquí no lo comemos.
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