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Don José Luis González Novalín

1 de Abril del 2020 - Agustín Hevia Ballina

Me entero con pesar y honda pena del fallecimiento del amigo del alma, el sacerdote, el profesor, el otrora archivero de nuestra Catedral, el técnico y el liturgo, aplicador de las reformas del culto y del arte, fruto granado del Vaticano Concilio II, el perito e investigador insigne, eclesiástico sumamente ponderado, el historiador consumado de la vida de la Iglesia, el maestro de generaciones de sacerdotes, y, por decirlo en una palabra y cifrado en una sola idea, el servidor de Cristo y del Evangelio, el Ministro de Eucarísticos misterios. Don José Luis González Novalín. Cual deber grato, deseo expresar, en el formato de cálida necrológica, este acercamiento a la personalidad del carísimo amigo, con quien me unía honda empatía de sentimientos y metas compartidas.

Colega, compañero de fatigas, sumido, como Novalín otrora, en idénticas tareas archivísticas, manejando los mismos papeles, idénticos tesoros documentales de la Iglesia que peregrina en Asturias, me encuentro con la pesadumbre de despedir a un amigo, a quien en tantas dedicaciones tomé por maestro, al que tuve por “dimidium animae meae” –esa “mitad de mi alma”–, cuyas docencias con tan gran ponderación siempre valoré, cuya imagen de hombre de Iglesia, de Humanista cristiano, siempre tuve ante los ojos del alma, para, no solo seguirlo en su magisterio, sino también imitarlo en su dedicación al servicio de la Iglesia de Asturias y de su Catedral, a la que muy cumplidamente sirvió don José Luis en una etapa feliz y fecunda de su vida, desde sus Archivos y desde su Librería Gótica, que, por ser tan crecida y copiosa, la contemplara con admiración y estupor el Cronista Regio, Ambrosio de Morales, al descubrir en la Sancta Ovetensis, teniéndolos a la mano y ante sus cecucientes ojos, más “libros góticos que en los Reinos de León y Galicia juntos”.

Labor callada y plena de sacrificio la del archivero; tarea, no por tácita y vacía de relumbrón, menos pastoral y de servicio a la Iglesia asturiana, la que, siguiendo las pautas de los archivistas antiguos, asumió, con proyecciones de modernidad, el canónigo González Novalín, para trasladar el testigo de tan eximia entrega y servicio a persona no menos amante de la “Memoria eclesial”, como lo fue archivero no de menor lustre, el ínclito de todo punto don Raúl Arias del Valle, también canónigo y profundamente dedicado al Archivo Catedralicio, a quien –lo diré sin afectada modestia– me ha cabido la honra de dar continuidad en la guardia y cariñosa custodia, en el estudio y ponderación, en la salvaguarda y consideración, plena de afecto y estima para con los documentos que dan fe y testimonio de la vida y lustre de un Cabildo de Capitulares, que tuvieron por primordial objetivo y meta el ofrecer con creces a las generaciones futuras los tesoros inestimables de su Cámara Santa, teniendo por motivo central y primario el hacer viva y primordial la veneración y adoración al Sacratísimo Lienzo y Sudario, que envolvió el rostro de nuestro Señor en el traslado desde la Cruz a la sepultura, así como el acrecentar la devoción a la niña, mártir y Virgen de la Catedral y de la Ovetense Diócesis celestial patrona, la Emeritense Eulalia Santa. A su misión el Cabildo catedralicio tuvo por egregio cometido el añadir, mediante excepcionales obras de arte, un cálido servicio a la pedagogía de la fe, realzando, con obras capaces de llenar de admiración a los estudiosos de los dogmas y verdades de nuestra sacrosanta fe cristiana, hechos plasmación en las realizaciones más sobresalientes de sus artistas y en los documentos – el Testamentorum Liberia renombrada “Donación de Fakilo”, el Testamento del Segundo de los Alfonsos, Diplomas, Códices insignes de Becerros, de Reglas Blanca y Colorada , de Evangeliarios de preciosidad exquisita y suma, de Libros Incunables y otro raros y curiosos, de Acuerdos de Ángulos y Cabildos, Pruebas de Sangres Limpias, Musicales eximias Partituras y miniados y exquisitos Libros de Facistol–, todo, en fin cuanto contiene el Catedralicio Archivo y su Gótica Librería, que resultaría prolijo en demasía enumerar.

poner in memóriam

SUBTÍTULO: Eclesiástico insigne y maestro de varias generaciones de sacerdotes

DESTACADO: Labor callada y plena de sacrificio la del archivero; tarea, no por tácita y vacía de relumbrón, menos pastoral

Cuando miro, con retrospectiva mirada, y repaso las páginas de la fecunda biografía de don José Luis, no puedo menos de extasiarme en la contemplación y semántica de un muy personal y cálido documento, que de todos los iniciados en la fe en Cristo se viene escribiendo, al registrar que cada hijo de la Iglesia ha sido incorporado al catálogo de los seguidores del Crucificado, los que, por primera vez en la Iglesia, sede primera del Apóstol Pedro, la comunidad Antioquena, comenzaron a recibir lustre y esplendor de su condición de “Cristianos” o “Discípulos de Cristo”, los que también fueron denominados “hermanos”, “santos” o “Cristóforos”, que es “Portadores, en el hondón de sus almas, de Cristo Crucificado”, por haber sido lavadas sus almas en las bautismales fuentes de sus Iglesias, de las que comenzaron a ser hijos o feligreses, que es ser “filii Ecelesiae”. En ese documento que es el asiento bautismal, aparecen las que serán credenciales de un hijo de la iglesia, su filiación en lo humano y según la carne, así como el más sublime testimonio, que manifiesta que el ser humano aquel, allí indeleblemente anotado e inscrito, es portador del título más sublime que un humano puede exhibir: llamarse y, sobre todo ser, auténticamente un “cristiano”.

Acudí al Archivo Parroquial de San José de Tresali, en el Arciprestazgo de Nava. Así suenan allí las palabras que testimonian los primeros pasos de un recién nacido, que, a través de los Sacramentos de la Iniciación Cristiana, será investido de personalidad nueva: de “Hijo de la Iglesia” y “Discípulo de Cristo”, que es decir “Cristiano”.

Así quedó consignada por el párroco, a la sazón, don Ángel Vigil Noval, que lo fue entre los años 1924 a 1939, la baptismal inscripción del ilustre tresaliense y naveto, don José Luis, González Novalín apelado: “El día diez de enero del año de mil novecientos veinte y nueve, el infrascrito cura párroco de San José de Tresali, arciprestazgo de Nava, Diócesis y Provincia de Oviedo Bauticé solemnemente un niño, que dijeron había nacido el día seis de dicho mes y año citado. Se le puso por nombre José Luis. Es hijo de Manuel González Gómez y Felicidad Novalín Cocina. Abuelos paternos Ramón González y Rosalía Gómez, ambos difuntos. Maternos José Novalín Calleja y Elvira Cocina Díaz, él difunto. Fueron sus padrinos Luis Novalín y Milagros Novalín, tíos del bautizado. Les advertí sus obligaciones. El padre y los abuelos paternos son de Sestao - Bilbao - Vitoria. Todos los demás son de esta parroquia. Para que conste, por verdad lo firmo fecha ut supra”: “Fue confirmado el 25 de septiembre de 1940. P(edro) Fernández. Fue ordenado de Subdiácono el 10 de junio de 1951. Ordenado de Presbítero, el 31 de mayo de 1952, en el XXXV Congreso Eucarístico Internacional de Barcelona. Belarmino Gra. Roza”. (San José de Tresali, Libro de Bautismos, I, f,159 vto.).

Llevado al Seminario por el párroco don Pedro Fernández Rodríguez, ingresó en el Seminario Menor de Tapia de Casariego el año 1940, de donde pasó a Oviedo, para realizar los estudios de Filosofía y Teología, Facultad cuyo segundo arlo culminó con merecido Premio Extraordinario “Rodríguez Santamarina”. Concluidos los estudios de Teología y ya ordenado sacerdote, fue profesor del Seminario, Secretario de Estudios y Bibliotecario, realizando estudios de Historia de la Iglesia en la Universidad Gregoriana de Roma, que culminó con el doctorado, cuya tesis fue premiada con la medalla de oro por el Papa Pablo VI instituida, especializándose en la Historia de la Inquisición Española y, singularmente en la vida y azares del renombrado Arzobispo e Inquisidor Fernando de Valdés, salense insigne. Fue Vicerrector y Rector durante varios lustros de la Iglesia Española de Santiago y Montserrat, en la Urbe romana. Seguir en la exposición de su biografía y méritos sería tarea de nunca dar por acabada y fenecida. Habiéndome explanado en la parte inicial de esta necrológica, me veo ahora constreñido a ponerle fin y final colofón y término. Descanse en paz el ilustre sacerdote, canónigo eximio de la Ovetense Catedral, maestro de sacerdotes, José Luis González Novalín. Entra, hermano, en el gozo de tu Señor.

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