La vacuna del comunismo
La irrupción en el Gobierno de la ultraizquierda podría concebirse como una suerte de vacuna contra el comunismo. Todas las enfermedades contagiosas son producidas por ciertos gérmenes que, llevando vida en sí, arrebatan la de los demás seres vivientes causándoles graves estragos. Pasteur y Jennes vieron que, inoculando en el cuerpo una pequeña parte de ellos, los más fieros ataques de las enfermedades que producen serán luego impotentes para arrebatarnos la vida, como sucede con la viruela, a la que contiene una vacuna. Allí donde el virus está ya aclimatado no puede hacer mucho mal su aparición súbita, mientras que el cuerpo que no está habituado al germen de la enfermedad será devastado por ella.
Si trasladamos esta hipótesis al organismo social, la dosis de comunismo que Pablo Iglesias y su compadre ladino Pedro Sánchez están administrando a la nación española, sin ser médicos ni profesar ciencia determinada, está teniendo el efecto de una vacuna, eso sí, pasada de dosis, pero a la larga efectiva, y puede que nos salve de la enfermedad del comunismo que a tantas naciones del mundo hemos visto padecer con su cortejo de miserias humanas, limitaciones de derechos fundamentales y empobrecimiento generalizado a la par del enriquecimiento indecente de sus gobernantes.
Corren momentos de honda crisis económica, en parte debida al coronavirus, pero en otra al mal hacer del Gobierno, empeñado en imitar la deriva venezolana, en la que, a modo de diversión intelectual, intervinieron con sus conferencias remuneradas los comunistas de Podemos para causar la ruina económica y moral de aquel país.
Con la dosis administrada ya acusamos la fiebre y el dolor de ver la opulencia en la que viven desde que han llegado al poder los que hipócritamente dicen preocuparse por la suerte de los pobres; el recorte de la libertad en todas sus vertientes; la vulneración de derechos inalienables; los allanamientos de la morada por el brazo armado del comunismo; la censura en los medios de comunicación; las listas negras; las represalias cobardes; la persecución religiosa; el cálculo frío del número de muertos; la indiferencia por el dolor de las familias afectadas; los excesos y abusos de poder; el retroceso cultural e intelectual; el adoctrinamiento del odio y la venganza; la intromisión en las vidas privadas, y un sinfín de calamidades materiales y espirituales, todo ello en completo y absoluto desajuste con el sistema de instituciones e ideas vigentes. El Gobierno, a modo de inmensa sanguijuela, está chupando de día y de noche la sangre más pura de España, y es, en nuestro cuerpo social, lo que en el cuerpo humano el vientre del hidrópico; que engorda mientras los demás miembros enflaquecen.
Que la experiencia tenga el valor de una vacuna o eclipse y nos defienda de la oscura enfermedad del comunismo depende del aprendizaje que de ella hagamos para defendernos, y la lección que han de asimilar quienes, con sus sufragios, han colocado en el poder a estos gérmenes políticos es que la calidad de sus vidas no mejorará rebajando la condición de las de los demás; que la prosperidad es patrimonio del pueblo y es a él a quien se le debe tamaño fenómeno colectivo, y que la verdadera solidaridad nace de una vigorosa fe en las virtudes del amor al prójimo, y no de la tiranía e intransigencia que abrasa a los fanáticos que nos gobiernan, empeñados en aniquilar todas las fuerzas vivas de la nación.
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