Al personal de Larrañaga Quirinal, en Avilés
El próximo mes de junio haría tres años que nuestro padre vivía en la Residencia Larrañaga Quirinal y desde entonces todos los días, sin faltar uno, estuvimos allí con él. Toda la tarde en las jornadas laborables, y los festivos, mañana y tarde.
No faltamos ni un solo día porque era lo que él se merecía y era lo necesario, ya que, dada su patología y el tiempo que llevaba enfermo y nosotras a su cuidado en casa, éramos quienes mejor sabíamos cuándo le pasaba algo.
El motivo de esta nota es expresar nuestro agradecimiento al personal, a todo el personal que tuvo contacto con él, siempre con cariño y muestras de afecto, desde recepción, terapeutas, limpieza, cocina (excelente, por cierto, ya que yo soy de las que lo prueban todo y las veces que hubo que dársela así lo hice), enfermería... Y, sobre todo, a las auxiliares de planta que siempre le atendieron con cariño a él y a nosotras, pero sobre todo a él, y solo había que ver cómo se le iluminaba la cara cada vez que le decían algo o le besaban.
Sabemos que Nicolás las quería aunque no lo expresara y sabemos que todos le querían a él.
En estos momentos tan malos para todos y que tanto se habla de los geriátricos, y en muchos casos para mal, nosotras tenemos que decir que esas actuaciones no son la regla general, son excepciones. Por lo general son buenos profesionales que tratan y cuidan con cariño a esas personas mayores con múltiples patologías, que trabajan duro, que son poco valoradas pese a desempeñar un trabajo tan duro y que reciben menos reconocimientos y muchas agresiones, tanto verbales como físicas, de aquellos a quienes atienden y a veces incluso de sus familias.
Mi madre, mi hermana y yo no podemos estar más agradecidas a todos ellos. Mi hermana y yo, que pasamos tanto tiempo con ellos, siempre los consideramos compañeros de trabajo y después de tanto tiempo, incluso amigos...
Nicolás Cordero García os ha querido mucho y nosotras os queremos.
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