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Preocupante desorden biorrítmico

29 de Mayo del 2020 - Rufo Costales (Oviedo)

Estoy harto de que me bombardeen con informaciones del coronavirus que me saturan la mente, aunque afortunadamente, y muy de tarde en tarde, tenemos alguna buena noticia que comentar.

La más importante hoy: la izquierda en bloque, y todos al mismo tiempo, ha descubierto que el virus de Wuhan, en realidad, lo creó Díaz Ayuso en un laboratorio secreto de Mingorrubio. Alabado sea el Señor.

Anunciada la buena nueva, nos dicen que Sánchez va a pedir al Congreso otra prórroga, esta vez definitiva, del estado de alarma. Un conocido al que llaman Caraelsol (ignoro por qué) me dice que el Presidente nos miente cuando habla de prorrogar solo un mes más, pero no me lo creo. ¿Pedro Sánchez faltando a su palabra? ¿Pedro Sánchez mintiendo? No me lo creo.

Nuestro umbral de tolerancia ante las tropelías está tan alto que ya nadie repara en cuestiones que podríamos tildar de "estéticas", pero he de reconocer que entre el covid-19 y la tormenta de recomendaciones y normas inentendibles, a las que nos tienen sometidos nuestros gobernantes, la mayoría estamos desquiciados, yo el primero.

La actuación del Gobierno es nerviosa, caótica y a tropezones, como un cocainómano con sobredosis; que si las fases de desescalada, horarios por edades, los niños, los mayores, la distancia social, y un largo etcétera de informaciones para confundirnos, que tenemos que procesar en tiempo récord, ya que a la vuelta de la esquina tenemos otras nuevas, a veces contradictorias.

Aprovechan sus comparecencias para tostarnos el cerebro, sobre todo a los mayores que ya estamos en eso que llaman no sé qué "pausia"; que si las mascarillas son obligatorias, no son necesarias, sí lo son, solo en transporte público, no son obligatorias pero sí recomendables, obligatorias hasta en misa...

Esto es un sinvivir, nos tratan como si fuéramos sumisos esclavos que disfruten con la humillación; y los dependientes (más los dependientes que dependemos de los dependientes), que tenemos una edad, no podemos con ello; nos confunde, nos desconcierta y nos aboca a la consulta psiquiátrica. Quizás sea el momento de huir a las colinas o refugiarse en una fábrica abandonada de insecticidas, directamente.

Hace horas, en una conversación telefónica (creí que era una encuesta de Tezanos), me han preguntado: "¿Qué estás haciendo en esta cuarentena que se pueda contar?".

He hecho un repaso mental y le cuento, si me lo permite, lo que se puede contar.

Empiezo por confesar (por situarnos) que cuando era joven, una gijonesa amiga/novia/amante (ese fue el proceso) me dijo que era un inculto porque "no leía 'El País'", y me recomendó que leyera prensa de derecha y de izquierda; yo entendí el mensaje como que leyera la prensa de derecha a izquierda (era un inculto), y me pasé tres años leyendo el periódico sin enterarme de nada.

En las últimas semanas he sacado mi reconocido sentido crítico y he podido constatar cómo la tensión en la calle se dispara; cómo proliferan las "colas del hambre"; cómo mi vecino del 5.º ha mutado y se ha vuelto intolerante, no me pasa ni media, y se pone a cuatro metros de mí, como si yo fuera un apestado; cómo una candidata a cuñada de mis hermanas ni siquiera las saluda; cómo el del kiosko, embozado hasta las cejas, me mira con desconfianza, incluso a veces hasta veo ese programa que dice su presentador, "de rojos y maricones". Uf, de ahí a ver elefantes de lunares hay un paso. Por momentos he llegado a pensar que estaba rodeado de idiotas, pero ellos, afirmo, piensan lo mismo de mí.

Es evidente que en una sociedad que se ha convertido en un manicomio, uno ha de empezar a imitar a los locos para sobrevivir, así que hace unos días, aprovechando el horario de desconfinamiento, me compré un algodón de azúcar antifrustración y me dispuse a realizar mi paseo cotidiano, con ajuste horario, cuando desde un cuarto piso, una ciudadana con sobrepeso me gritó: "¡Oiga, los geranios del jardín son para admirarlos y no para fumarlos, cretino!". Me marché presuroso y avergonzado, entre chirridos dolorosos de mi cadera izquierda (la derecha la tengo bien, gracias).

Ayer, después de releer algunas entrevistas retro de Lauren Postigo a las folclóricas en "El Corral de la Pacheca", estuve enganchado musicalmente a Paquita la del Barrio (le encantará escuchar "Rata de dos patas", mientras piensa en su político "preferido").

Por la tarde, en un ataque de optimismo primaveral, me fui a tomar café y copa a una terraza, que en espantosa explosión de epiléptica alegría estaba "petá" de gente; vino el camarero a preguntarme qué tomaba y le dije si podría ser un carajillo con hidrocloroquina; me dijo que carajillo no, pero que si quería me ponía un café con unas gotas de gel hidroalcohólico, que también coloca. Le dije sí, con gesto displicente.

Santo cielo, no me reconozco. Dicen que cuando esta pandemia pase, ya nada será igual. Pues para mí, ahora mismo, ya nada es igual.

Ansío superar esta primera fase de desescalada, y acortar plazos para la segunda. La emoción, próxima al paroxismo, se dará cuando en los coletazos de esta alucinación colectiva entremos de lleno en "encuentros en la tercera fase" y todo haya pasado. Será épico.

Alguien dijo que el sentido del humor es un bien necesario para no caer en la locura permanente.

Saludos cordiales

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