El incendio y el polvorín
En política uno se puede equivocar, cometer errores, practicar el caminar por el alambre y hasta sacarse conejos de la chistera. De alguna manera, entre los politólogos hay un conceso generalizado sobre la definición de la política como el arte que atesora estos ingredientes que no tienen por qué ser incompatibles con los más nobles que son: la prudencia, el respeto, el sentido de servicio público... Pero nada de eso hemos visto en el último incendio que le ha estallado en las manos a Pedro Sánchez.
Es verdad que todos asumíamos que el Consejo de Ministros era lo más parecido a un polvorín y que los desencuentros, desautorizaciones, rectificaciones, etc., estaban en el orden del día. Habíamos llegado a interiorizar que ello era consustancial a los gobiernos de coalición y más todavía en un país como España, donde esta experiencia era una novedad histórica. Lo que no preveíamos ni atisbábamos a intuir era ¿quién encendería la mecha del polvorín?
Confieso que ayer y esta mañana no he podido quitármelo de la cabeza. Un racionalista de la política como yo siempre busca “visualizar” las razones políticas que a un dirigente le llevan a tomar una u otra decisión, pero lo ocurrido ayer con el pacto PSOE-Podemos-Bildu sobre la derogación íntegra de la Reforma Laboral, en pleno debate sobre la necesidad de prorrogar el estado de alarma, no solo me ha descolocado, sino que en algún momento pensé que se trataba de un “fake”.
Como el disparate escapaba a toda lógica política y enviaba cajas de champán a PP-Vox para que lo celebraran, solo quedaba bucear en la única “razón política” que se hubiera manejado desde Moncloa: no se fiaban del voto afirmativo que había anticipado Ciudadanos y, por tanto, había que tener un plan B, asegurarse la abstención de Bildu a cualquier precio. El precio ya sabemos cuál ha sido, pero las consecuencias del mismo es el incendio que ha provocado, que se está llevando por delante un trabajo tejido con mucho sacrificio para proteger lo máximo posible a los que van a ser los perdedores de la pandemia.
Es verdad que en los acuerdos para el Gobierno de coalición se contempla la derogación de la Reforma Laboral del PP, pero esos acuerdos se hicieron cuando el covid-19 todavía no había aparecido y la realidad económica y social de España era otra. Hoy estamos hundidos en una crisis sanitaria y económica sin precedentes, a la espera de que la Unión Europea amortigüe la caída y a quienes, con el incendio provocado, hemos enviado un mensaje nada positivo para las negociaciones.
Todo parecía ir sobre ruedas, incluso para la cuota de poder ministerial de Podemos. La ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, otrora gran defensora de la derogación integral de la Reforma Laboral (antes de ser ministra), tuvo que envainarse su opinión y declarar que no era posible dicha reforma integral. Solo había que cambiar aquellos aspectos más lesivos para los trabajadores y en ello estaba y a ello dedicaba todos sus esfuerzos. La ministra de Trabajo consiguió sentar en la mesa a la cúpula empresarial y sindical (para irritación del PP), a quienes les arrancó un acuerdo económico-social aplaudido por todos, en una foto que ha quedado para la historia, pero que hoy corre el riesgo el chamuscarse en el incendio como tantas otras cosas.
Si lo de Ciudadanos tenía su margen de duda, el plan B no era Bildu (y menos en los términos del acuerdo), el plan B era el que el propio Sánchez había dicho tantas veces: “Señorías, no hay plan B, el plan A es la ciencia”, y dejar en la responsabilidad y en la conciencia de los diputados del Parlamento las consecuencias en vidas humanas de un plan de desescalamiento sin el instrumento político-jurídico que mejor lo posibilita, el estado de alarma.
Esto es ser “cristalino” señor Iglesias. Lo que usted llama “ser cristalino”, aderezado de latinismos, es fundamentalismo. O ¿está usted buscando su salida triunfal del Gobierno? Mucha gente de izquierdas nos volvemos a quedar huérfanos. Ken Loach tiene un buen guion para su próxima película, que una vez más nos colocará frente al espejo de los suicidios históricos de la izquierda española, aunque me temo que la película de PP-Vox sería de terror para las sufridas clases medias y populares.
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