La nueva normalidad de Samartín
(En recuerdo de Pedro Rocha, Antonio del Pico, Antonio de San Pedro y José Luis da Marquesa, que se marcharon en pleno estado de alarma).
En primer lugar, quiero agradecer las muestras de cariño que hemos recibido de personas e instituciones.
Nosotros nos criamos en La Marquesita, tuvimos un lugar privilegiado para observar la vida social de un pueblo, como muchos hay en Asturias. Crecimos viendo y escuchando a cientos de personas, con las noticias diarias de LA NUEVA ESPAÑA, que nos acercaban a todo lo que sucedía en una Asturias muy lejana. De muy niños, nos impresionaba ver llegar a Jorge Jardón, con su cámara en mano. Él era el que llevaba parte de la vida de nuestra comunidad más allá del alto de La Garganta.
Ahora iré al tema por el que escribo estas líneas. Sé que con cariño nos dicen que al cerrar La Marquesita se cerró el pueblo, y me veo obligado a reflexionar sobre esto. El Samartín de 1925 contaba con una población en ascendencia que llegó a tener 2.000 habitantes. Hoy apenas somos 400. Esto me da la respuesta: La Marquesita murió porque murió el pueblo y no al revés.
Mi padre me decía que teníamos que darnos cuenta, que en los últimos 30 años se habían cerrado las puertas de negocios emblemáticos como Casa Monjardín, Casa Villameá, Casa Toñín, el Quinto de Teixeira, Casa Germán de Villarquille, el Estanco de Antonio y, recientemente, el Bar Nuevo y la panadería de Víctor.
Samartín se fue apagando como todos los pueblos y para sus habitantes esto es un gran sufrimiento. Ver morir tus recuerdos te deja una vida con muy poco ánimo.
Marcos Niño, en presencia de SS MM los Reyes, pidió ayuda para frenar esta muerte dolorosa. Recientemente nació el movimiento de la “España vaciada”. Este sistema tiene ya que tomar medidas urgentes. Y ya es ya. No queda tiempo.
Mi padre siempre me decía que Samartín no estaría muerto siempre que quedara gente ejemplar y emprendedora, y haberlos haylos. Ganaderías, empresas de trabajos agrícolas, alojamientos turísticos de primera categoría, empresas de construcción, taller, tienda, bar, farmacia, centro médico, taxi, colegio. Esto todavía queda en Samartín, y ellos son como los galos, que resisten. Debemos apoyarlos y agradecerles que sigan manteniendo latentes nuestras tierras, nuestras casas, nuestra historia.
En La Marquesita guardábamos la llave de la iglesia. Manuel del Pequenón era el campanero, cuando algún vecino fallecía venía temprano y nos pedía la llave. Era un sonido infinitamente conmovedor. Pero Manuel también se fue, y me pregunto quién doblaría las campanas por mi padre, y si habrá alguien de mi gente que las doble cuando a mí me toque.
No dejemos morir los pueblos.
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