¡Viva la gente!
Estábamos muy acostumbrados a que cada vez que nos disponíamos a pulsar el botón del ascensor alguien se nos adelantara por décimas de segundos. Parecía que lo hacían adrede. Al salir del garaje, lo mismo, un par de coches delante haciéndonos esperar, como si estuviesen aguardando nuestra salida. Los semáforos, ya se sabe, todos cerrados en perfecta combinación. Así, a más de uno le da tiempo incluso a wasapear hasta que le suene el claxon del vehículo que le precede.
En el trabajo, siempre las mismas caras, realmente no podía ser de otra manera. En la nómina siempre éramos los mismos. Por la tarde, las tareas personales correspondientes, un recado aquí, otro allá. Las calles en su sitio, y todas con un cierto aire de monotonía; las áreas peatonales atestadas de gente, apresurada las más de las veces. En ocasiones, a empujones, o tratando de conseguir la “pole” en los semáforos para cruzar antes y llegar el primero, aunque no tuviese prisa alguna.
Y a la hora del chigre, pues ya se sabe. Si el abnegado camarero de turno tardaba en servirnos más de quince segundos, protestábamos como si la espera durase quince horas. Es decir, las mismas que, aproximadamente, este colectivo de profesionales trabaja cada jornada, seis días a la semana. Pero, ¡ay, amigo!, ¿quién nos habría de decir que todo esto, todo, incluso más aumentado, íbamos a echarlo de menos con desesperación? ¿Quién, que hasta el ruido del ascensor nos hacía recordar con nostalgia la música celestial? ¿Quién, que íbamos a echar de menos hasta el embotellamiento delante de los semáforos, o las mismas caras con las que, cada día, afrontábamos nuestra jornada laboral? ¿Cómo imaginar que el chigre nuestro de cada día tendría que permanecer cerrado por imperativo legal, o que los risueños camareros de cada tarde ya no tendrían que aguantar nuestra injustificada impaciencia?
Pues nada, todo esto a la vez, y mucho más, es lo que echamos de menos. Subir o bajar en el ascensor, aunque estuviese ocupado; esperar la salida del garaje sin prisa alguna, y además saludando cordialmente a quienes están delante de nosotros. Alegrarnos de ver a todos los compañeros cada mañana, como si fuese la primera vez que nos conocimos. Apresurarnos en las calles peatonales, incluso tropezando con los más despistados que, claro está, caminan consultando su móvil con la avidez de quien espera una herencia millonaria.
¿Y los chigres? Pues los echamos de menos como el aire para respirar. No importará si hay que esperar un minuto antes de ser servidos, lo importante es la música de la sidra brincando sobre el borde del vaso; esa forma de recibir elegantemente el recipiente de cristal fino, el mismo que compartíamos con tirios y troyanos con tal de llevar al paladar la sabrosura de un buen culete y comprobar después la estela de la buena sidra en el vaso. Todo esto y mucho más, después de tan largo confinamiento, es lo que esperamos con obediencia, con paciencia y, sobre todo, con esperanza. ¡Viva la gente!
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