No pasa nada con la que está cayendo
“Nichevó”: no pasa nada, tíos. Es una de las grandes palabras del idioma ruso. Expresa indiferencia frente a la alegría o la tristeza, la salud o la enfermedad, la fortuna y la desgracia. Con esa palabra fueron los mártires al saladero en las grandes sacas de Moscú y Petrogrado en el año 17.
Los iban a matar y se encogían de hombros. Las marquesas cogían el dedal de costureras y se plantaban ante el bastidor o vendían al menudeo sus alhajas en los mercadillos para comer.
Eso mismo volvió a ocurrir en Madrid el 36 del pasado siglo. Todo se contagia menos la hermosura y los bolcheviques pegaron la peste a los comunistas de Negrín y a los socialistas de Largo Caballero. Nichevó. Parece ser que España quiere regresar a aquellas angustias y hete aquí que el pueblo se encoge de hombros delante de la injusticia y la arbitrariedad del Gobierno de coalición, mira con sorna para el casoplón de Galapagar que acoge a los nuevos Ceacescus o escucha como quien oye llover los discursos de Sánchez que más bien son sermones en la tele sobre el morbo letal que nos ha venido de no sé dónde. Dejemos que la Lola Puñales haga mangas y capirotes del Leviathan de Hobbes y derribe la separación de poderes obligando a los jueces a hacer lo que dicta el Gobierno, no pasa nada. Nichevó.
Expresemos nuestra apatía y vivamos en la esperanza de que algún día terminará todo esto. No hay mal que mil años dure. Y ciertamente el ángel del mal acaba de colocar signos fatídicos sobre nuestras puertas. Yo en respuesta hago flamear mi bandera. Viva la roja y gualda y me refugio en las letrillas de Góngora, curen otros del gobierno del mundo y sus monarquías, ande yo caliente ríase la gente. Escampará algún día, ya se les pasará el berrinche, digo yo. Nichevó. Corramos un tupido velo para evitar los escupitajos que nos endilgan desde arriba. Hagamos examen de conciencia y adoptemos la famosa adiáfora jesuítica con la cual Ignacio de Loyola adoctrinaba a sus novicios para vencer la concupiscencia de la carne y derrotar al diablo. Todo en tanto en cuanto. ¿De qué les valdrá a estos tíos ganar el mundo si luego pierden su alma? Excelente reflexión mirando para el cielo abstrayéndose de los apetitos terrenales.
Mira Rusia. Ha renunciado al comunismo. Existe en aquel gran país una gran polémica sobre la posibilidad de que el vicepresidente Dimitri Medvedev sea un Romanov nieto de la princesa Olga, quien sobrevivió a la matanza de Yerkateringrado. Un soldado bolchevique, apiadándose de ella, la ayudó a escapar al extranjero. Fue acogida en Roma y estuvo bajo la tutela del Papa Pío XII. Es una hermosa historia que nos llena de esperanza. En verdad el parecido de Medvedev con Nicolás II es sorprendente. He is the spitting image del emperador. Por lo visto el Sr. Medvedev, a mayor abundancia de las coincidencias, es hemofílico, la enfermedad que parecía el zarévich. Para mí esto quiere decir que Dios se apiada. El Altísimo es capaz de escribir al derecho con letras torcidas, Santa Teresa dixit. Los españoles también estamos diciendo Nichevó cuando salen el coletas o el doctor Sánchez a la palestra. Nos limitamos a sonreír y decir: parece que llueve. No es que llueva, es que os están meando, tío. Entonces desplegamos el paraguas pues caen chuzos de punta en la esperanza de que escampe y se vaya la tormenta. Nuestra paciencia no tiene límites. Se trata de toda una actitud del hombre de la calle que canta “Resistiré” aguantando carros y carretas. Y que trata de sobrevivir a la epidemia del virus y al bicho de la hecatombe política que se ve venir.
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