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Valdediós, un adiós dolorido

21 de Junio del 2020 - Agustín Hevia Ballina

La vida de Valdediós, discurriendo serena desde las lejanías y vivencias prehistóricas, testimoniadas en lo que después sería la Tierra de Boides, guarda parecido con el río Asta, que recorre y fecunda y amansa sus terrones en un imparable discurrir, donde todo se resume en una palabra sola: fertilidad.

Fértil fue, en efecto, el devenir de esta tierra de bendición desde la prehistoria lejana, que desembocaría en la rica “villa” de la romanización, dejando atrás las vivencias de un benedictinismo incipiente en El Conventín, cuajando después, por siglos, en el Císter de glorias inacabables, viviendo pastorales usos para la parroquia de San Bartolomé de Puelles, donde, otrora, las “puellae” o doncellas encontraron femenil y desaparecido cenobio, acogiendo de nuevo al Císter de los siglos, entre las más gozosas ansias de entregas de santidad, ofreciendo también un ámbito cálido a los Hermanos de San Juan Evangelista, para abrir sus puertas, en esta última etapa, en acogedor abrazo, a la comunidad de Hermanas Carmelitas Samaritanas del Sagrado Corazón, cuyas ansias de vida contemplativa vienen siendo cauces para abundosos ríos de santificación y vida de entrega a Dios.

Valdediós, ahí presente, continúa siendo una realidad viva, un ámbito de privilegio inacabable y perennemente acogedor, al que podemos figurar como un abrazo sin fin inextinguible, unas puertas constantemente abiertas para recibir, en cálido ejercicio de caridad fraterna y de mística hospitalidad, a quien avanza por el peregrinar de su existencia hacia metas de compleción espiritual, de santidad, que imita la de Nuestro Señor, de ilusionadas esperanzas, por siempre permanentes, cual fuego que nunca se apaga ni se extingue.

Habían escogido los hijos de Bernardo estas fecundas tierras de Boides, un frondoso valle, cual un ámbito en que solamente pudieran fomentarse tensiones hacia la santidad, siendo así que cumplían fidelidades a los dichos de la tradición, que de siempre hermosos adagios proclamaban: “Benedictus, colles; Bernardus valles amabat” (Benito en las colinas y collados, encontraba sus complacencias. Bernardo, en cambio, los valles apetecía), valles en todo semejantes a Valdediós, un valle de Dios –un Vallis Dei– fructificante y portador de fecundidades sin medida, un valle de Dios fecundado y fértil, para que en él brotaran y llegaran a sazón los frutos más exuberantes y copiosos para el sustento material de los hijos del Císter, en el recinto monástico; alimento también para el cuerpo en el refectorio monacal y pábulo espiritual para la vida del alma, con que poder crecer en la santidad.

Las esperanzas se asomaban prometedoras a los corazones de todos los amantes de Valdediós. El hábitat de la Casa de Dios con los hombres, en el monacal recinto del Císter de los siglos, estaba asegurado y monjiles tocas animaban la vida valisdeyense: una comunidad joven, ilusionante e ilusionada hacía llegar a Asturias entera los “latidos de Valdediós”. Poco vinieron a durar, con todo, las mieles de alegrías y gozos en la casa del pobre. De modo semejante a como cuando recibes un golpe en la cabeza, así vino a ser el efecto de la noticia aparecida en la prensa. “Las monjas marchan de Valdediós” y una fecha, que será amarga en nuestros espíritus y en nuestros corazones: El 9 de julio. Te parecía increíble el contenido del amargo mensaje. Era preciso volver a concebir nuevas esperanzas, a fomentar nuevas ilusiones, a elevar oraciones también para que una solución vuelva a abrir paso a una nueva etapa: “los frailes de...”, “los monjes de...”, “las monjas de...”, “las religiosas de...”. El desiderátum sumo, la nueva meta es eliminar los puntos suspensivos y sustituirlos por el nombre de una comunidad religiosa que devuelva la vida de piedad, la búsqueda de la santidad, los nuevos objetivos, las nuevas ilusiones, las nuevas ansias y anhelos de que la vida retorne a Valdediós, de que nuevos modelos de santidad se sigan fomentando en aquel ámbito privilegiado para la oración, la plegaria y la entrega a Dios y a los demás.

A las religiosas Hermanas Carmelitas Samaritanas del Sagrado Corazón me gustaría deciros que siento infinitamente vuestra partida, que me apena el experimentar que vais a dejarnos –cuán tristes y solos, ay, nos dejáis–, es preciso que os lo exprese desde lo hondo del corazón. Al mismo tiempo quiero expresaros que los corazones de muchos asturianos os seguirán en vuestra etapa nueva, allí donde quiera que vayáis, dondequiera que os acojan para ofreceros un ámbito privilegiado para que sigáis cultivando vuestras ansias de entrega a Dios, de vivir con ilusión vuestra santidad. Sabed que os quedamos profundamente agradecidos, que Valdediós, nuestro Valdediós querido, sin vuestra presencia, sin vuestra alegría será como un mosaico muy hermoso al que le faltan las teselas, con nombres propios, los de las Carmelitas Samaritanas del Sagrado Corazón, que en Valdediós habéis encontrado, por un tiempo –con tristeza os lo digo– tan limitado, un ámbito hermoso para crecer en la santidad y en vuestra entrega a Dios.

Mi palabra bien quisiera ser más elocuente, más expresiva, más cordial y amiga, para, desde el corazón de un asturiano agradecido, como tantos y tan numerosos, llevar a vuestros corazones una esperanza y un deseo, que el Señor os lleve a donde quiera que os lleve, que sea para que aprovechéis para ser más santas en la vivencia de vuestra entrega a Dios. Vuestro Valdediós, por un tiempo, fue meta de vuestras ilusiones, nuestro Valdediós tan bienamado seguirá siendo para nosotros, que tanto y tan amantes somos de este Valdediós del alma, siempre una preocupación, que alimente nuestras esperanzas de que otros corazones, con espíritu de entrega religiosa, den continuidad a nuevas etapas definidas y delimitadas por una comunidad que, en Valdediós, busque y encuentre un recinto privilegiado para mejor servir a Dios, por los caminos de la búsqueda más enriquecedora de la entrega al Señor.

Como ilusionadas amigas habéis venido a Valdediós; como agradecidos amigos os despedimos los amantes de esta tierra de Asturias, de nuestro Valdediós del alma, Hermanas Carmelitas Samaritanas. Que la paz y las bendiciones de Nuestro Señor Jesucristo vayan con vosotras y os acompañen siempre. Amén

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