¿A qué demonios estamos jugando?
LA NUEVA ESPAÑA viene teniendo la habilidad y la fortuna de contar entre sus colaboradores con muy competentes profesionales del Derecho en sus ámbitos científico/teórico -expertos juristas y magistrales profesores- y técnico/práctico -abogados en bregado ejercicio estratégico, competitivo y arriesgado como toda ingeniería-.
Durante varios meses de años recientemente pasados -últimos de una era al parecer periclitada, “tiempo viejo” según vigente manual de estilo- vinieron a estas páginas diversas sesudas colaboraciones a tenor de algo que flotaba en el ambiente y que, por aquel entonces, se daba en percibir como runrún de “reforma constitucional”. Para mí -y supongo que para no pocos lectores, sintónicos en todo lo referente al “espíritu de las leyes” a la par que atónitos frente a las marrullerías de los secesionistas y de sus interesados colaboradores necesarios, vendepatrias murallas adentro de Troya-, el balance de aquellas disquisiciones resultó ser que una Constitución tan veterana, tan consensuada y -a la par, y consecuentemente- tan cargada de anacronismos y de bombas de relojería como la nuestra, podría merecer algunos ajustes conceptuales y técnicos que alargasen su erosionada pero utilísima andadura al servicio de esta casa de locos. Tal reforma requería de un liderazgo, una robustez institucional, un consenso, una lealtad, una serenidad, una competencia y una voluntad de juego limpio que no se daban en las cuantías y proporciones necesarias para una tarea sensata e ilusionante de tamaña envergadura e implicaciones. Antes al contrario. Tal fue que pareció prosperar lo aconsejado por conocida sentencia ignaciana sobre la inoportunidad de las mudanzas en tiempos revueltos.
Craso error.
Aquí alguien está emboscado, ejecutando paso a paso su proyecto, con tenacidad digna de mejor causa. ¿Cómo se explica, si no, la reiterada alusión -del propio ministro de Justicia, by the way (10.06.2020) y en sede parlamentaria- no solo a una posible reforma constitucional, sino a un “debate constituyente”, a un “pro-ce-so cons-ti-tu-yen-te” en marcha. ¿Pero de qué estamos hablando? ¿Pero hasta dónde va a llegar la insultante audacia antidemocrática de esta gente? ¿Pero qué se traen realmente entre manos mientras nos tienen confinados y atontados en interminable túnel de excepcionalidad, anhelando voluptuosamente el regreso del fútbol y otra de gambas con vermutito, echando unas risas y felicitándonos por “lo fuertes que hemos salido” del caos y de la muerte de decenas de miles de compatriotas?
La verdad es que, más que hacerme gracia, me asusta releer algo muy recientemente escrito en estas mismas páginas por un prestigioso constitucionalista, cuando excluye de la lista de partidos constitucionalistas -junto a los secesionistas- a alguno que aboga por puntuales reformas constitucionales con los recursos de la propia Constitución -de la ley a la ley, precisamente para tratar de prevenir el caos rupturista que se nos viene encima- y, sin embargo, incluye en dicha lista a quienes parecen traerse entre manos nada menos que una tabla rasa constituyente por previsibles atajos que apestan a complot sectorial o a puro y duro golpe de régimen.
Me asusta porque si hasta los más agudos y experimentados constitucionalistas pueden ser burlados a estas alturas de una película que ya tiene guion, ensayos y primeras tomas -al parecer solo falta rematar rodaje y montaje-, no les digo yo qué puede suceder con todo el espectro ciudadano que va desde los verdaderos vindicativos anticonstitucionalistas al grueso del rebaño, pasando por la mayoría incauta y desavisada, entre la que me incluyo a ratos tontos.
Yo les pediría que sigan mojándose y analizando, con las adecuadas medidas de protección, pero no en aguas retóricas o virtuales, sino en aguas con alarmantes indicios de pestilencia y toxicidad.
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