OLOF PALME. Caso cerrado
OLOF PALME. Caso cerrado
Decir Olof Palme es decir socialdemocracia. Decir Olof Palme es decir Estado de Bienestar. Decir Olof Palme es decir compromiso de lucha antifascista. Decir Olof Palme es decir solidaridad con los refugiados, pero... su figura también hay que entenderla formando parte de un tiempo, de una época, de unos años que nada tienen que ver los actuales. Hoy, con ese perfil, el primer ministro sueco sería calificado por Trump como terrorista y no pasaría nada porque nadie movería un dedo.
Con él se fue otro mundo, otra sociedad, otros valores. Ya nada volvería a ser igual porque estaba naciendo otro sistema, otra sociedad cuyos valores se configuran en torno al neoliberalismo fundado por el tándem Reagan/Tatcher, que se expandió como la pólvora por el mundo gracias a su coincidencia con el nacimiento de la globalización.
De alguna manera también Palme fue el último superviviente de esa generación de hombres y mujeres que no les importaba coger el macuto, hacer miles de kilómetros y trasladarse a luchar por una causa, porque la palabra solidaridad fue lo primero que aprendieron. Hoy, el fenómeno de las Brigadas Internacionales luchando contra el fascismo en la Guerra Incivil Española no sería posible, ni en ninguna parte del mundo. Es el triunfo del neoliberalismo.
Palme, que nació en el seno de una familia aristocrática y fue educado en los mejores colegios suecos, atesoraba una gran cultura, enriquecida por su facilidad con los idiomas (hablaba inglés, francés, alemán, español, ruso y dialectos escandinavos). "Nací en la clase alta, pero pertenezco al movimiento obrero. He llegado hasta aquí trabajando para las clases trabajadoras en pro de la libertad, la justicia y la igualdad", dijo en su toma de posesión como primer ministro en 1969. Se bajó del coche oficial y, cada vez que tenía oportunidad, paseaba por las calles de Estocolmo o cogía el metro, como un ciudadano más. Dando ejemplo, porque esa ha sido una de las razones del triunfo del modelo del Estado de Bienestar: la pedagogía. Los ciudadanos suecos aprendieron con él que la consolidación del valor de lo público solo sería posible si aprendemos a valorarlo a defenderlo desde la escuela. Igual que defiendes y respetas tu casa y tu familia, aprendes a defender la sanidad, la educación, las pensiones, los servicios sociales, porque son bienes públicos, son tuyos, son de todos, son el futuro de una sociedad más justa, digna y decente. La fuerza del mensaje traspasó las fronteras escandinavas y contagió a sus vecinos finlandeses, noruegos, daneses.
Calado el mensaje, ya nada volvería a ser igual en las sociedades escandinavas. Los cimientos pedagógicos con los que se levantó el edificio eran fuertes. Vinieron gobiernos de otros signos políticos (de centro, de derechas) pero no pudieron cambiar el modelo, no pudieron privatizar lo público. Tuvieron que asumirlo.
En plena Guerra Fría, Palme, demostró que no era necesario apuntarse al modelo soviético para conseguir una sociedad más justa a costa de la libertad (por eso lo odiaban). Tampoco era necesario apuntarse al modelo capitalista americano, a las leyes del mercado, para defender la libertad a costa de generar hambre, pobreza y las abominables brechas sociales (por eso lo llamaban comunista). En una economía de mercado, el Estado tiene la obligación de garantizar los servicios básicos a sus ciudadanos, mediante la redistribución de la riqueza (impuestos). Ese es su legado. Cuando tomó posesión de su cargo, se encontró con un país inmerso en un desempleo galopante, con huelgas salvajes, un preocupante déficit público y una sociedad profundamente enfrentada. Con 42 años (el gobernante más joven de Europa) supo transformar el país. "Mi objetivo no es acabar con los ricos, sino con la pobreza y con una sociedad de egoísmos y codazos". No encontró petróleo como sus vecinos noruegos, pero consiguió poner en valor y transmitir a sus conciudadanos la palabra solidaridad (hoy una antigualla).
En la esfera internacional, se convirtió en una autoridad moral y nunca se calló. Odiaba el apartheid de Sudáfrica. Denunció y combatió las dictaduras de Franco y Pinochet en todos los foros en los que tenía voz. No era difícil verlo por las calles de Estocolmo recaudando dinero para luchar contra el fascismo español. Se opuso a la guerra de Vietnam, a la ocupación soviética de Checoslovaquia. Intervino en la solución de la crisis de los rehenes en Irán en 1980. Trabajó incansablemente para impulsar la desnuclearización y fue actor relevante mediando entre las dos potencias durante la Guerra Fría. Demasiado para un pequeño país de ocho millones de habitantes. En mundo fuertemente polarizado, de adhesiones inquebrantables, Olof Palme, fue una "rara avis" y se situó en el punto de mira de los intolerantes, de los dictadorzuelos, de los neoliberales, de los intereses de bloques.
Demasiada exposición, demasiados enemigos para que el fiscal Krister Petersson declare, 34 años después, caso cerrado los hechos ocurridos en la calle Sveavägen y que el asesinato tenga nombre propio, Stig Engström, un irrelevante personaje que se quitó la vida hace 20 años y que ni siquiera se encontrara el arma homicida. Caso cerrado, con demasiadas preguntas sin resolver, demasiadas incógnitas, demasiados intereses. Demasiado para un pequeño país que se colocaba a la cabeza del Estado de Bienestar en el mundo.
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