Compañera
(A Joaquina González Suárez, maestra de Educación Infantil en el Colegio Público Ramón de Campoamor de Navia)
Son años... unos cuantos lustros ya, los que llevamos en la profesión, y no quisiera que se cerrara este capítulo sin dejar plasmado en unas breves líneas cuánto te vamos a echar de menos personal y profesionalmente. Porque aunque dicen que no hay nadie insustituible, realmente todos hemos comprobado que sí hay gente cuya impronta, al marcharse, deja huecos difíciles de suplir. Tú, Joaquina, serás una de esas personas.
Pero, por un momento, volvamos la vista atrás. Durante tu trayectoria, recorriste esta Asturias occidental nuestra; empezaste en el Colegio Santo Domingo, de aquí, de Navia, tu villa, y seguiste haciendo camino al andar por diferentes lugares: la Escuela Hogar de Belmonte de Miranda, cuyo buen recuerdo, por el ambiente que allí reinaba, quedó grabado en tu memoria; la Escuela de Lebredo, donde tuviste por alumna a una niña que ahora se ha convertido en nuestra compañera y sigue viendo en ti el gran cariño que en su día le transmitiste; el cole de Tapia, al que llegabas compartiendo viajes con otras maestras de la zona, ¡quién os lo iba a decir, pioneras en eso del “BlaBlaCar”!; luego fue la escuela de Andés, que cerró sus puertas aquel mismo curso; Jarrio, donde coincidimos por vez primera; y finalmente, de nuevo, vuelta a Navia, pero a este colegio, el Ramón de Campoamor.
Desde entonces has pasado mucho tiempo en él, muchos alumnos y alumnas, muchas familias, muchos compañeros y compañeras; en definitiva, muchas experiencias vividas. Y ahora, con un final de curso atípico, nos faltan los niños y niñas llenando las aulas, sin poder estar a su lado. Pero, eso sí, inundadas por los papeles, ahora virtuales, intentando no volvernos locas, como solemos decir entre risas.
Corrieron muy deprisa, pero sumamos ocho años codo con codo, cuatro de ellos compartiendo nivel y, honestamente, no tengo más que buenas palabras para ti. ¿Qué decir...? De esa firmeza, de tu laborioso trabajo diario sin fatigar, de la ilusión que te inunda y tan bien sabes transmitir, de la viveza que proyectas para remar en todos los mares (pues suelen aparecer galernas), de esa paciencia infinita... que sabes aunar con un sentimiento de cariño sincero por el alumnado; y, cómo no, de esas profundas carcajadas... que no se pueden disimular ante las ocurrencias de tus niños y niñas. Enhorabuena, Joaquina, porque has alcanzado el equilibrio tan complicado que forma el núcleo mismo de la docencia: educar, sí, pero sin olvidar nunca las emociones.
Ahora, compañera, llega tu merecida hora de poner fin a esta etapa, de emprender nuevos proyectos, retomar viejas aficiones, adquirir otras costumbres, y ... lo que es más importante... de vivir la vida (sin el estrés de la enseñanza y de la informática). El mundo y su rutina continuarán, pero puedes sentirte orgullosa, porque sobre él has dejado una huella perdurable, de esas que solo la buena gente puede imprimir.
Un besote muy fuerte, Joaquina, como tú sueles decir.
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