Samuel Cachero y Laurentino Ceña: dos insignes asturianos en la vida de Grande-Marlaska
Sin entrar en la analítica de las razones que motivaron la destitución del jefe de la Comandancia de Madrid Pérez de los Cobos de modo fulminante, que presenta muchas contradicciones que esperamos conocer algún día para tranquilidad de los españoles, la Guardia Civil merece todo nuestro respeto como institución venerable desde su fundación por el II Duque de Ahumada, Francisco Javier Girón, hace la friolera de 176 años.
Lo cierto es que la democracia no se puede sostener sobre la mentira. No se justifica un Estado que practica la injerencia en la separación de poderes. La hoja de servicios del coronel Diego Pérez de los Cobos es absolutamente diáfana, como corresponde a un profesional como la copa de un pino. En cuanto a Laurentino Ceña, con su gesto de renuncia voluntaria, ha dejado bien claro su concepto del honor, la lealtad y el servicio; ha sido fiel a su amigo el coronel destituido, y ha puesto un hito en lo que para él representó siempre su hobby "Todo por la Patria". Desde las alturas se dominan los grandes ideales, por eso Ceña Coro es un intrépido piloto de helicópteros. Es un gran caballero astur, con cátedra en Ribadesella.
Recomiendo leer en el capítulo de "los lectores tienen la palabra" de LA NUEVA ESPAÑA un trabajo presentado por Tosa Merodio de Oviedo titulado "España despertó". Yo me solidarizo con él en toda su extensión.
Vayamos ahora a las dos personas que han tenido mucho que ver en la vida del ministro señor Grande-Marlaska. Se trata de dos asturianos pertenecientes a los cuerpos de Seguridad del Estado: uno el teniente general Ceña Coro, ya citado en el prefacio, cuya brillante gestión es de todos conocida. El segundo corresponde al inspector jefe del Cuerpo Nacional de Policía Samuel Cachero Álvarez (Q.E.P.D.), nacido en La Foz de Morcín (Asturias). Samuel falleció a causa de un cáncer fulminante el 25 de enero de 2010 con 55 años recién cumplidos. Es uno de los policías más laureados en la lucha contra ETA. Desarticuló el comando que asesinó a Buesa y Díez y que planeaba igual destino para el lehendakari Patxi López y para el hoy ministro del Interior, Grande-Marlaska, que por entonces era juez de la Audiencia vizcaína. Samuel siempre defendió y transmitió con fe ciega que se podía derrotar a ETA policial y judicialmente y creía que ese “momento estaba cerca”, y no se equivocó. Samuel dejó una vida corta, pero plena, entregada por la paz y la libertad de Euskadi: 30 años en la Jefatura Provincial del Cuerpo Superior de Policía de Bilbao, con una actividad y tensión frenética.
Ha sido uno de los policías más condecorados de España en la lucha antiterrorista, y al que no se le ha reconocido lo suficiente. En su brillante hoja de servicios está la desarticulación de cuarenta comandos terroristas, muchos de ellos segaron la vida de compañeros, guardias civiles y militares. Él arriesgó su vida para salvar muchas otras, algunas de personalidades que marcan hoy la actualidad vasca y española. Jugó un papel fundamental en la caída del "comando Vizcaya", que disponía de completa información sobre los pasos del lehendakari, quien en su momento valoró su labor callada, discreta, que queda oculta tras los titulares que informan de los éxitos policiales. A él solo su enfermedad le impidió seguir el combate contra los terroristas.
ETA, que apuntaba hacia la magistratura, disponía asimismo de información del domicilio y hábitos del juez Grande-Marlaska. Asesinó al magistrado José María Lidón delante de su mujer y su hijo cuando salía del garaje en Guecho. El inspector Samuel Cachero tuvo que comunicar al juez bilbaíno que se había convertido en el objetivo de la banda: "Era la primera vez que aparecía en lista, y aunque todos pudimos ser víctimas de ETA, yo no era consciente", reconoció en su momento Marlaska, y agradeció el tono "tranquilizador, humano y profesional con que Samuel le transmitió la información y la seguridad" que le hizo sentir. "Nosotros estamos aquí para evitarlo".
A Samuel le tocaron los años de plomo, años intensos de trabajo, disturbios callejeros, quema de coches, lanzamiento de cócteles, zulos en el monte, etcétera. No había horas ni vacaciones, mucha renuncia a su vida personal. Samuel era un hombre enamorado de su profesión, policía de raza, investigador, valiente, noble, íntegro, leal, solidario, entregado y comprometido que ha dejado huella imperecedera. También supo que los terroristas habían localizado su dirección, y así pudo esquivar la muerte. En Euskadi también encontró el amor de su vida, que le veló cariñosamente hasta el final de su existencia.
El firmante, íntimo amigo de Samuel, conoce muy bien lo que él hizo en vida por los demás, favores y reconocimientos a raudales, y él mismo se titulaba: "Soy una ONG ambulante". En una ocasión, en el forcejeo de una detención, se produjo una fractura y los jueces le concedieron una indemnización por las lesiones, cantidad que él dedicó íntegramente a una ahijada guatemalteca. Apadrinó a toda la familia de María desde niña y acudió a visitarla varias veces al país sudamericano. Hoy en día estudia en la Universidad. Samuel decía: "Esta niña llegará a ser presidenta de su país". Este es un hecho bastante elocuente de cómo era Samuel.
También pasó una época en la Jefatura Superior de la Policía de Oviedo, por un tiempo efímero, puesto que su vocación profesional lo volvía al País Vasco, y en los dos últimos años de su vida ejerció como responsable del puesto fronterizo en el aeropuerto de Loiu. En La Foz de Morcín, su pueblo, donde se le quería, dejó una profunda huella. A su pueblo venía cuando le era posible para reflexionar y visitar el Monsacro (La Madalena). También se le recuerda en el pueblo de Pría (Llanes), próximo al infinito encanto de los Picos de Europa, donde disponía de su segunda vivienda. Samuel dejó una vida destrozada por el dolor a su familia y un montón de amigos que acusamos su ausencia. La Cofradía Amigos de los Nabos, que fundó con tanta ilusión con el entrañable amigo Jaime Fernández, y la colaboración de José Antonio Díaz y Pepe Sariego, sigue viva y muchos otros seguimos tirando del carro. La Hermandad de la Probe y las tertulias de la Moncloa han quedado huérfanas sin su presencia.
En su hoja de servicios figuran las siguientes condecoraciones: dos cruces rojas y tres blancas, cruz de San Raimundo de Peñafort, encomienda al Mérito Civil y más de sesenta felicitaciones por los notables servicios en la lucha antiterrorista. En 1986 liberó al directivo del Athletic de Bilbao Juan Pedro Guzmán, y detuvo a tres etarras que lo tenían secuestrado. En 1992 frustró el secuestro de un directivo del BBV. En el año 2000 desarticulan el "comando Vizcaya", que, como queda dicho anteriormente, asesinó a Buesa y Díez y tenía como objetivo a Patxi López y Grande-Marlaska.
Samuel era un eterno trotamundos, con su inseparable mochila visitó Vietnam, el Kurdistán… Era un amante de la montaña; en su haber, había escalado varias veces el mítico pico Urriellu, el Naranjo de Bulnes y ascendió al olimpo del ciclismo, el famoso Angliru. También hizo en bicicleta el Camino de Santiago, acompañado de sus amigos José Antonio Martínez Palacios y Fernando Delgado.
En su día, la presidenta del Parlamento vasco, el presidente del Senado y el Consejo Vasco de Interior, jueces, empresarios, políticos y representantes institucionales, así como sus compañeros de la Jefatura Superior de Bilbao y de Oviedo, reclamaron la concesión a título póstumo y de forma honorífica de su ascenso a comisario.
Quien firma este escrito cree que bien merecido lo tiene, ahora compete a quien ostenta la cúpula del Ministerio del Interior, el señor Grande-Marlaska, desempolvar el expediente que seguro estará sesteando en algún cajón de un despacho departamental en el Ministerio del Interior y ponerlo en marcha, todo ello en estricta justicia, reconociendo los méritos de quien en vida lo dio todo por la paz y la concordia entre todos los españoles, honrando al prestigioso y honorable cuerpo de la Policía. Samuel fue nombrado también hijo predilecto a título póstumo por el Ayuntamiento de Morcín. Para concluir, "no hagamos bueno aquello de que las conductas, como las enfermedades, se contagian de unos a otros", que decía Francis Bacon.
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